Ricardo Shelly

Shelly fue, quizás sin saberlo, uno de los últimos mohicanos de la caballería española

Felix Machuca
Actualizado:

Por razones políticas y religiosas, durante el siglo XVIII, España se convierte en tierra de promisión para muchos irlandeses, que lo mismo servían a su país de acogida en las labores más domésticas que en los despachos de la alta burocracia oficial. Igualmente, de manera significativa, engrosaron las filas de nuestro Ejército, para ganarse una plaza en el panteón de los inolvidables, aquellos que por su valor y pericia sustanciaron la gracia de su personalidad y fama, trascendiendo a la terrenal limitación del tiempo. La memoria de algunos de aquellos irlandeses o hijos de irlandeses sigue viva en el nomenclátor de aquí y de algunos países ultramarinos. Donde defendieron la bandera realista frente a la insurrección criolla o, también, lucharon en las filas independentistas. Desde la calle O´Donnel en Sevilla hasta la habanera de O´Reilly sin olvidar la gran avenida de O´Higgins en Santiago de Chile, los irlandeses y sus descendientes son como los gallegos, que dejaron el rastro nítido de sus peripecias vitales a través de sus apellidos inconfundibles. El otro día en Huévar, la Academia de Caballería homenajeaba al teniente general Ricardo Shelly. Un militar leal a Narváez y feroz enemigo de Espartero, regente de la convulsa España del XIX que se vio obligado a abandonarla tras vencer el señor Shelly al general Seoane en Torrejón de Ardoz. La derrota de Seoane mandó directamente al exilio al general Espartero, el mismo que dejó un explosivo recuerdo en Sevilla tras bombardearla durante días.

Shelly nació en Alicante, hijo de uno de aquellos irlandeses que abandonaron su verde isla por motivos religiosos y políticos. Fueron sus padres Cornelio Shelly O´Ryan y Maria Comesford y Stapleton. El muchacho, con el pelo color zanahoria y un carácter tan rebelde como, en general, es marca de la casa de aquellos isleños, se hizo alférez a los doce años del Regimiento de Lanceros de Fernando VII. Llevaba en su sangre el bicho de la milicia y de la vida castrense, porque intervino de forma destacada en las guerras carlistas, obteniendo por su valor y tacticismo en campaña, repetidos ascensos, subiendo escalones desde el cargo de teniente al de brigadier. Durante la guerra con los tradicionalistas alternó su servicio a las armas con la de ayudante de Estado Mayor del general inglés Lacy Evans, al mando de una división de auxiliares británicos que ayudaron a reforzar las fuerzas liberales. Como ven, nuestro hispanoirlandés fue hombre de ensuciarse las botas en los campos de batalla y de desplegar su talento en los altos despachos del Ejército. Y es en este último aspecto por lo que el otro día se le recordó en Huévar.

Una placa donada por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, a cuyo cuerpo perteneció Shelly como maestrante, fue colocada en la hacienda La Robayna, propiedad de José Ramón López de la Manzanara Gallardo. En esa casa vivió Shelly al contraer matrimonio en segundas nupcias con la señora Matilde Díaz-Trechuelo, cuya familia era propietaria de tierras y cortijo. Shelly fue capitán general de Andalucía y una epidemia de cólera desatada en Sevilla a mitad de la década de los cincuenta del siglo XIX, apagó su vida y la de varios familiares y servidores. Todos fueron enterrados en «Los Cortijuelos», que hoy podría corresponderse con la finca Casa Blanca. Aquí lo recordamos por la preclara transformación que realizó del Colegio Militar de Caballería, trasladándolo desde las vetustas instalaciones en la universidad fundada por el cardenal Cisneros en Alcalá de Henares, a un nuevo edificio en Valladolid, el «Octógono». La revolución industrial, ya en marcha y cambiando aceleradamente el mundo, le restaría eficacia y uso a la caballería que, en la guerra europea del catorce, la vimos entonar su canto del cisne ante la aparición de transportes bélicos de tracción mecánica. Desaparecieron los caballos. Pero no la caballería como uno de los tres cuerpos básicos del Ejército. Shelly fue, quizás sin saberlo, uno de los últimos mohicanos de la caballería española.

Shelly nació en Alicante, hijo de uno de aquellos irlandeses que abandonaron su verde isla por motivos religiosos y políticos. Fueron sus padres Cornelio Shelly O´Ryan y Maria Comesford y Stapleton. El muchacho, con el pelo color zanahoria y un carácter tan rebelde como, en general, es marca de la casa de aquellos isleños, se hizo alférez a los doce años del Regimiento de Lanceros de Fernando VII. Llevaba en su sangre el bicho de la milicia y de la vida castrense, porque intervino de forma destacada en las guerras carlistas, obteniendo por su valor y tacticismo en campaña, repetidos ascensos, subiendo escalones desde el cargo de teniente al de brigadier. Durante la guerra con los tradicionalistas alternó su servicio a las armas con la de ayudante de Estado Mayor del general inglés Lacy Evans, al mando de una división de auxiliares británicos que ayudaron a reforzar las fuerzas liberales. Como ven, nuestro hispanoirlandés fue hombre de ensuciarse las botas en los campos de batalla y de desplegar su talento en los altos despachos del Ejército. Y es en este último aspecto por lo que el otro día se le recordó en Huévar.

Una placa donada por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, a cuyo cuerpo perteneció Shelly como maestrante, fue colocada en la hacienda La Robayna, propiedad de José Ramón López de la Manzanara Gallardo. En esa casa vivió Shelly al contraer matrimonio en segundas nupcias con la señora Matilde Díaz-Trechuelo, cuya familia era propietaria de tierras y cortijo. Shelly fue capitán general de Andalucía y una epidemia de cólera desatada en Sevilla a mitad de la década de los cincuenta del siglo XIX, apagó su vida y la de varios familiares y servidores. Todos fueron enterrados en «Los Cortijuelos», que hoy podría corresponderse con la finca Casa Blanca. Aquí lo recordamos por la preclara transformación que realizó del Colegio Militar de Caballería, trasladándolo desde las vetustas instalaciones en la universidad fundada por el cardenal Cisneros en Alcalá de Henares, a un nuevo edificio en Valladolid, el «Octógono». La revolución industrial, ya en marcha y cambiando aceleradamente el mundo, le restaría eficaci

Felix MachucaFelix MachucaArticulista de OpiniónFelix Machuca