LA TRIBU

Reparto

No olvides nunca que esa luz nació, casi como una magia, entre las manos de la Mano

Antonio García Barbeito
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Como llegan las frutas y llegan las verduras; como llega el vino y llega el aceite; como llega la leche y llegan las flores cortadas… Esta luz que tú dices que se ha derramado por la ciudad en cuanto el frío se ha encogido un poco, no nace ahí, ahí la reparten, por ahí la distribuyen, a demanda de necesidad o de ajuste, o por una razón de belleza.

El origen de esa luz es el mismo origen de cuanto te digo que a la ciudad llega en olorosa y sabrosa policromía, envolviendo ambrosía en el aire y pintando de cien colores los mercados y las puertas de las tiendas del ramo, alargando zaguanes de gloria. La luz pregonada que ahora ves, sientes, te viste, no nace ahí, donde crees: ahí llega. Me dijiste una vez que desde la capital llegaban a los pueblos camiones cargados de bebidas, de comida congelada, de ropa, de bombonas de gas, de bollería, y que gracias a esos camiones y furgonetas de reparto podíamos disfrutar en los pueblos de los mismos lujos que la ciudad. Gracias al transporte, añadiste. Te di la razón, como hoy la razón es mía. Aunque tú creas que nace ahí, esa luz que tienes por tuya —hazla tuya, si lo necesitas; la luz es así de generosa— es una luz de reparto, luz que la ciudad encarga para vestirse —empezar a vestirse— con sus ropas preferidas. Los hombres que salen al día antes que ella, dicen que esa luz se desperezaba en los cerros del alba, se extendía como una lenta riada de oro, lo vestía todo, lo señalaba todo, y, en los trenes de la mañana tomaba el camino a la ciudad, ya preparada, ya dispuesta para ser una luz urbana, esa otra manera de ser de la luz, como rural se hace al llegar al pueblo la bebida que ha nacido en el frío bosque de una bodega de acero inoxidable, o el pescado que viene amortajado de hielo. Cuando veo cómo descargan en los pueblos las mercancías de la ciudad, esa necesidad que viene de las fábricas, me siento ciudadano sin necesidad de andar entre semáforos, por anchas avenidas y entre altos edificios; cuando veas la luz que me dices, y la veas encaramada al remate de una torre, poniéndoles oro molar a las murallas, tocando de amarillo cuanto mira, piensa en su origen, en el claro, abierto, inmenso, total origen que la trajo, en enaguado de aurora, al diario parto del alba. Vístete con ella, cuélgala en tus roperos, déjala correr, andar calles o gatear por tapias; llámala tuya y hazla tuya, pero no olvides nunca —como yo no olvido lo que te digo de camiones y furgonetas de reparto por el pueblo— que esa luz nació, casi como una magia, entre las manos de la Mano. Y fue aquí, en estos abiertos paraísos del paisaje rural. Te doy mi palabra.

Antonio García BarbeitoAntonio García BarbeitoArticulista de OpiniónAntonio García Barbeito