El recuadro

Dar la renta

Ve uno a unos canis por ahí con la cabeza medio rapada y los cuellos niquelados que...¡entran unas ganas de darles la renta!

Antonio Burgos
SEVILLAActualizado:

NO nos pasa a los hombres como a las señoras, que tienen por costumbre local arraigadísima ir a la peluquería antes de Feria para arreglarse el peinado o ponérselo apropiado para vestirse de flamenca. En los hombres, sobre todo en las casetas pijas, lo que sí hay en Feria es un alto consumo de gomina per capita. Hay tío que va a la caseta con más gomina que el pertiguero de una cofradía de silencio.

-¿Y los de las patillas como el muñidor de La Mortaja, dónde me los deja usted?

Eso es de la parte del paseo de caballistas. Un buen sombrero de alancha de García el de la Alcaicería y unas buenas patillas de hacha son ya el disloque de la pijez a caballo. Pero ir al barbero antes de Feria, como digo, no es costumbre de los sevillanos. Era antes de los toreros, que el día que actuaban en Sevilla tenían citado en el hotel a un barbero de confianza, que les hacía el arreglo de cuello, perfilándoselo a navaja. Ahora se ve cada pelambrera en los toreros y más especialmente en esos cuellos con bucles y caracolillos a la jerezana, que no quiero ni contarle.

Por eso quedó mi amigo extrañado cuando el otro día, tomando café, se encontró con el que suele desayunar, que parecía recién llegado de un pelado a fondo. Lo que en Sevilla siempre hemos llamado «un buen niquelado». Y mi amigo, clásico entre los clásicos, fue y, viéndolo con el pelo recién cortado y con ese cuello casi como el de los toreros antañones que descritos quedan, le dijo:

-Hijo, me dan ganas de darte la renta...Como si oyera llover. El otro no se enteró de nada. Y como si fuese un guiri recién llegado para ocupar un apartamento turístico, le preguntó:

-¿La renta? ¿Qué renta tienes que darme, si no te tengo alquilado nada, ni siquiera una plaza de garaje por Los Remedios, como hace ahora mucha gente para la Feria?

-¿Pero tú no sabes qué es eso tan nuestro de antes, de cuando éramos chiquillos en el colegio sobre todo, de dar la renta?

-Pues no, que no lo sé.

Y se lo explicó, como yo se lo cuento ahora a ustedes. Era una de tantas costumbres sevillanas que se han perdido: dar la renta. Una renta que no tenía absolutamente nada que ver con el pago de un alquiler, y que no se actualizaba con el IPC, y que no estaba regida por la Ley Boyer, y que no se pactaba en contrato. La renta era el golpetazo en el cogote, cuanto más fuerte mejor, que se le pegaba en el colegio al compañero que llegaba a clase habiéndose pelado el día anterior. Cuando se pelaba a maquinilla, no a tijera, y mucho menos a navaja, y quedaban esos cuellos de los colegiales como cabeza de quinto rapado al cero por el paquete cuartelero que le habían metido. Cuellos casi afeitados, de apurados en el corte según los consejos de la madre que llevaba al niño al barbero:

-Pélelo usted bien, sobre todo por el cuello, que le crece mucho.

No sabían las madres sevillanas que lo que estaban haciendo era exponer a sus hijos a los más fuertes y dolorosos palmetazos de sus compañeros en los rapados cuellos, «dando la renta». La renta antigua en este caso, sin actualización de alquiler, porque es una costumbre que he preguntado y compruebo que prácticamente ha desaparecido. Ya nadie da la renta. Y ve uno a unos canis por ahí con casi toda la cabeza medio rapada y los cuellos niquelados que... ¡entran unas ganas de darles la renta! Pero mejor que sea así. Las cosas están de modo que si un chaval le da a otro la renta en el colegio, seguro que lo denuncian por maltrato infantil. Era a veces realmente cruel el porrazo que el gamberro del curso te pegaba para darte la renta cuando llegabas recién pelado. Parecía que cobraba comisión de Fígaro, «El Barbero de Sevilla».

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos