EL RECUADRO

Recoger premios taurinos

¿Se imagina que en la entregade los Nobel el galardonado con el de Medicina manda a recogerlo a su enfermera?

Antonio Burgos
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Antes que hubiera la actual inflación de premios taurinos tras la Feria de Abril, decidió el Padre Lezama otorgar los suyos en la Taberna del Alabardero de la calle Zaragoza, que es la casa del poeta Juan Antonio Cavestany, el autor del famoso poema al Parque de María Luisa que se recitaba tanto por los rapsodas en los espectáculos de Quintero, León y Quiroga para Juanita Reina o para Concha Piquer. Como eran los años iniciales como matador de toros y venía arreando, aquel premio Alabardero se lo concedieron con toda justicia a Francisco Rivera Ordóñez. Y llegó el día de la entrega, y el restaurante convocó a selectos invitados. Y abierto el acto y sentadas en el estrado las autoridades y el presidente del jurado, se dio lectura por el secretario al acta de concesión del galardón a Rivera Ordóñez. Tras lo cual, para sorpresa de los presentes, el lector del acta anunció:

—Por obligada ausencia del matador premiado, recoge el premio su fisioterapeuta.

No su apoderado, ni su banderillero de mayor confianza, ni su mozo de espadas, no. Rivera mandó a recoger el premio ¡a su fisioterapeuta! Que al parecer llevábalo en su cuadrilla, como ahora otros toreros a su jefe de prensa y al «comunity manager» de sus sitios en las redes sociales. Rivera mandó al fisioterapeuta como podía haber mandado a su asesor fiscal a recogerlo.

¿Desprecio para el premio? Evidente. Es lo que lamentablemente ocurrió la otra noche en la entrega de los XXXIII trofeos «Puerta del Príncipe» que otorga El Corte Inglés. No sé si vieron en ABC la «foto de familia» del acto de entrega: había más autoridades y premiantes que premiados. Solamente Curro Romero había cumplido con su obligación de entregar el premio del mejor toreo con el capote al pundonoroso Manuel Escribano. Un Curro bien enfundado en su chaquetón abrochado hasta el último botón, porque aquella noche en el Patio de la Montería del Alcázar hacía un frío que había por allí hasta pingüinos de la época de Pedro el Cruel. Sólo Escribano y el ganadero Justo Hernández, criador del indultado «Orgullito», eran reconocibles como no pertenecientes a las autoridades entregantes de los premios. ¿Y los premiados más importantes? ¿Y los grandes triunfadores de la Feria, El Juli y Manzanares? Pues sencillamente no estaban. ¿Qué dice usted, que habían mandado a su fisioterapeuta a recoger el premio? No, no era el fisioterapeuta; menos mal que eran toreros de su cuadrilla. Y no de plata, sino de oro, porque eran picadores los que recogieron los premios que los galardonados no se dignaron recibir. El Juli, el que indultó a «Orgullito», el que salió por la puerta que da nombre a los galardones, mandó a su picador José Antonio Barroso. Igual hizo José María Manzanares, premio a la mejor estocada de la Feria, que mandó a su picador Paco María para que le recogiera el premio.

¿Usted se imagina que en la solemne ceremonia de entrega de los premios Nobel el galardonado con el de Medicina manda a recogerlo a su enfermera o a la auxiliar de clínica que atiende el teléfono para dar número en la consulta? Pues algo así viene ocurriendo con los premios que el Cortinglés convoca con la mejor de sus intenciones de apoyo a la Fiesta Nacional desde hace treinta y tres años, jugándosela ante sus clientes antitaurinos. Son cosas desgraciadamente habituales, que los toreros no vayan por sus premios. Cuando los grandes del toreo estaban peleados con la empresa de Sevilla, hubo un año en que el gran triunfador no acudió a recibir el máximo premio taurino de los que concede la Real Maestranza de Caballería. Y no mandó al picador, ni al fisioterapeuta, ni al jefe de prensa ni a nadie: simplemente le hizo ese feo al Real Cuerpo propietario de la plaza, a la empresa y a la afición. No se presentó. Es un desprecio tal como si el alcalde, en vez de acudir para entregar los premios del Cortinglés en el biruji de la noche del Alcázar, hubiera mandado al gerente de Urbanismo o al jefe de la Policía Local.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos