Manuel Contreras

Puigdemont cruza el rubicón

El president ha optado por «rajoynear», es decir, dilatar los tiempos. Pero la declaración de independencia ya está hecha

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Bailando la yenka, un pasito adelante y otro atrás, pero Puigdemont ha cruzado el Rubicón. Lo ha hecho de forma cobarde, con vaselina, amagando y rectificando, pero ha cruzado la línea roja que separa la gestión del delito. El presidente catalán ha hurtado al independentismo la escenografía épica con la que imaginaban esta fecha histórica: declaración a lo Campanys, banderas esteladas al viento y celebración del triunfo por las calles como si fuera un título del Barça. Pero la puesta en escena de perfil bajo por la que apostó Puigdemont no debe ocultar la gravedad del paso dado, entre otras cosas porque lo que busca todo este montaje melífluo de suspensión y diálogo es precisamente que nos traguemos la independencia neófita poquito a poco, sin darnos cuenta. Anoche, los «indepes» volvieron a sus casas con la sensación de haber sido estafados y Puigdemont era catalogado de traidor en las redes sociales por los tentáculos de la CUP, pero no nos engañemos: aunque le haya bajado inesperadamente el volumen, el disco de la DUI ya está puesto en el aparato, y el «president» pretende que a partir de ahora bailemos al son de su música.

Es curioso que Puigdemont haya acabado abordando el paso decisivo «rajoyneando». Es decir, dilatando los tiempos y evitando hacer aspavientos. Al «president» le ocurrirá como le ocurre desde hace años al inquilino de la Moncloa, que le lloverán acusaciones de cobardía y traición, pero la estrategia tiene más de inteligencia que de pusilanimidad. Puigdemont -o Junqueras, o Santi Vila, o quienquiera que sea el ideólogo en lo que queda de la burguesía nacionalista- ha usado las movilizaciones cuando correspondía, pero llegados a este punto es el momento de la diplomacia. El objetivo que buscaban, la declaración unilateral de independencia, ya está conseguido, y ahora toca bajar revoluciones para dilatar el proceso y consolidar el escenario. El tiempo ya juega a su favor.

La gran cuestión, por tanto, es la reacción del Gobierno tras esta independencia interrumpida. Como se entretenga en mirar los cubiletes y tratar de adivinar dónde ha escondido Puigdemont la bolita, le estará haciendo el juego a los intereses independentistas. La negociación que arteramente pretende Puigdemont es una falacia, porque está planteada de Estado a Estado con mediación internacional. Por tanto, el Gobierno debe activar, ya sin dilación, las vías constitucionales previstas para desmontar esta ruptura de la integridad nacional. Una tarea en la que deben participar todas las fuerzas democráticas, por encima de las ideologías. El paso crucial dado ayer por Puigdemont y el Parlamento catalán no es un problema de Rajoy ni del PP, sino de todos los españoles. Los mismos que el pasado domingo se manifestaron en Barcelona confiados en la solidez hegemónica que representa la bandera que ondeaban.