LA TRIBU

Los propios

No hay nada como mirar para otro lado cuando a uno de los nuestros le toca la china de la culpa

Antonio García Barbeito
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Una coplilla de ayer, que hoy resultará políticamente incorrecta, decía: «Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios protege a los malos / cuando son más que los buenos.» Pues donde dice sarracenos, ponga usted propios, y los palos caerán sobre el lomo de los que sean menos, aunque no sean ni más malos ni más buenos que los otros. No hay nada como mirar para otro lado cuando a uno de los nuestros le toca la china de una culpa, aunque sea más inocente que el 28 de diciembre. La frase «Lo siento, chico, esto es así…» la tenemos muy oída, esa forma de echarse al lado para que pasen los guardias que se llevarán esposado a uno de los nuestros. Cuando suenan campanas de fama, de éxito, de dineros, de cargo grande, todos con el hosanna en la boca y pagando a millón una palma o una rama de olivo, y cuando Poncio Pilatos ya se ha lavado las manos, lo mejor es curiosear por la calle de la Amargura, sin que nadie nos reconozca y nos señale como a uno de los que iba con el Nazareno. No somos más canallas con los nuestros porque no nos dan dos horas más para entrenamiento.

Ahora va a resultar que nadie creyó nunca en ninguno de los imputados, echados del partido, sospechosos, confesos, cesantes o destituidos. Lo mejor es quitarse de la circulación y démonos al olvido. Podría preguntar ahora mismo por algunos nombres que han «desaparecido» de esta ciudad, por conveniencia de ellos, de otros o de todos. Si son culpables y se han escapado en tablas, porque son culpables; si son inocentes, porque no lo parecen; y si no está clara la cosa, «lo siento, chico, pero no conviene que te vean por aquí.» Ahora, entre los populares, nadie quiere ser de «la crème de la crème», no vaya a ser que la «crème» dé problemas al destaparse. Y entre los socialistas, tres cuartos de lo mismo si el asunto que tocan es el de los ERE, que hay cientos que quisieran haber nacido ayer, con tal de no tener nada que ver con el asunto. Miedo a los propios, sobre todo, porque los propios saben dónde golpear que haga más daño. Qué pena, qué triste, qué asco. He visto a gente de rápido enriquecimiento que recibía vítores de sus paisanos, cuando llegaba en un cochazo al bar y le decía al camarero que invitara a todo el mundo, y si esos ricos se arruinaban, los mismos que les cantaban gloria les decían perrerías culpándolos de la ruina, aunque no tuvieran culpa. El viejo «como lo saco, lo quemo», aunque disfrutamos mucho más quemando que sacando en parihuelas. Lo que a veces parece admiración, es envidia; y lo que parece cariño, es odio que acecha para la dentellada. Y si son los nuestros, mucho más.

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