LA TRIBU

Pobre Sergio Rico

Ha bastado una mala tarde para que la turba se dé prisas para encender hogueras inquisitoriales

Antonio García Barbeito
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Ya has probado en la saliva inocente el acíbar que te han preparado los propios. Nadie como los propios para saber dónde golpear para que duela más. Nos libre Dios de los propios. Ya ves de lo que te ha servido, muchacho, haber salvado a tu equipo tantas veces, brazo que se estira como rama que crece de súbito, estirada imposible para tapar huecos, salidas valientes con los pies, o jugándote la cabeza. De nada, no te ha servido de nada. Me acordé de otros canteranos que lo dieron todo en esa yerba y tuvieron que sufrir el hierro del castigo, tan injustamente, por un error, por un bajón, por algo que el circo consideró motivo de pena de muerte. Terrible, Sergio Rico. Qué pena, qué triste. Y qué vergüenza.

Desde el primer día, te han (te hemos) exigido como al portero de más caro fichaje, como si el club, tu Sevilla FC de tu alma, hubiese invertido en ti más de lo que tiene, como si tus gastos hubiesen arruinado al club. Has tenido que rozar el milagro sacando manos increíbles, estirándote como jornal de pobre para alcanzar algunas pelotas, te tuvieron que llamar para jugar en la selección nacional, para que el apellido Rico te cuadrara. Y ha bastado una mala tarde —no tuya, de todos— para que la turba se dé prisas para encender hogueras inquisitoriales, para que en el aire de la grada suene, una y otra vez, aquella frase del pueblo rogándole a Pilatos: «¡Crucifícalo, crucifícalo…!» Ya sabes cómo es el circo, Sergio. El circo quiere, pide, exige espadas ensangrentadas, bien porque vengan de decapitar al enemigo más odiado, bien porque acaben de salir de la barriga de un propio, porque el circo es eso, sed de sangre; de quien sea, pero sangre. Ya sabes lo que son los tridentes afilados de los anónimos gladiadores que se amparan en la multitud para ensartarte, Sergio, como otras veces, otros días, ensartaron a otros tan sevillistas como tú, tan honrados como tú, tan brillantes como tú. El circo no ha nacido para poner el pulgar hacia arriba, quiere, necesita, exige, muerte, manchar la arena con la sangre humillada de la derrota del enemigo o con la sangre —impotencia, complejo, al fin— de los suyos, no lo olvides. Ya sabes cómo duele el golpe de la mano que te conoce. Rugen, silban, insultan, anónimos y envalentonados porque no hay linterna que los enfoque. Pobre circo que hoy grita contra ti y mañana querrá sacarte en hombros. A otros, con el mismo escudo en el corazón, les envenenaron esa misma yerba. Aguanta. Y si un día puedes, haz como hicieron otros: vete. Ya llorarán un día pidiendo tu vuelta. Y ese día, no vuelvas. Que el circo se busque a otro, Sergio.

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