Javier Rubio - CARDO MÁXIMO

Playa

¿Está ya en disposición de verse disfrutando de ese momento único e irrepetible? De ilusión también se vive

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Entre las ensoñaciones más recurrentes entre los veraneantes, una sobresale por encima del resto: «Una playa para mí solo». He ahí el gozo secreto de los veraneantes fantaseando con un arenal para ellos solos levemente agitado por la brisa marina mientras el rumor de las olas va besando la tierra firme cada vez más lejos de donde uno se imagina. Es curioso: siempre que se nos aparece la imagen de la playa desierta nos la figuramos en bajamar, con las ondas festoneadas de plata batiéndose en retirada mientras la arena adquiere el inconfundible tono dorado que le da el agua que todavía retiene. No sé si el amable lector se ha hecho una idea de esa playa -la que más le guste, la que tenga más a mano, la que más visite- para él solo, acaso con unas gaviotas picando acá y allá sobrevolando de vez en cuando los acantilados y un barquito de vela en lontananza. ¿Está ya en disposición de verse disfrutando de ese momento único e irrepetible en que los pies descalzos tocan el agua fría y un escalofrío recorre la columna vertebral hasta las cervicales mientras el viento silba alrededor sin que nada perturbe el momento?

De ilusión también se vive, claro, porque la realidad es tozuda: si va a meterse en el agua, cuide de que el chavalín de la tabla de madera que cabalga las olitas no le fastidie el tobillo siempre que le dejen sitio las matronas que charlan animadamente arrellanadas en su hamaquita mientras el fresquíbiri les va subiendo por las pantorrillas acompasadamente con el volumen de la charla intrascendente que mantienen a voz en cuello. Más allá está la chavalería, que disfruta salpicando a troche y moche conforme entran empujándose en el agua, y el petardo del kitesurf dándoselas de cachas venga a fardar con la cometa encima mismo de la gente, que empieza a arremolinarse en torno a un aguamala que el oleaje ha traído a morir en la orilla. Y cuando ya parece que la gente ha hecho un hueco para que atravesemos el rompeolas haciendo el contorsionismo de quien no quiere que el agua le llegue a la barriga, vienen los socorristas con sus flotadores naranjas como ánforas de plástico a prohibir el baño.

De vuelta a la sombrilla, tendrá el veraneante ocasión de estar al tanto de cuatro o cinco conversaciones audibles por debajo del «Despacito» insufrible que el niñato del radiocasete lanza a los cuatro vientos. Ni cerrando los ojos obtiene descanso porque a un intervalo cronometrado se suceden voceando sus mercancías el de la cerveza fresquita, el de las boliñas de Portugal, el de los camarones y el de los blusones blancos que va saludando a todo el mundo «Hola, Mari Carmen» a ver con quién se para a presentarle la boutique ambulante.

-«Una playa para mí solo»

-Pues no pide usted nada...

JAVIER RUBIO