PÁSALO

El pescaíto frito de Mañara

No busquen esa caseta en la Feria. Porque está donde tiene que estar

Felix Machuca
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La caseta no es localizable en los mapas de la Feria, ni la va a encontrar usted en ninguna de sus calles, tan toreras como el albero donde toreamos por sevillanas a la luna. La caseta en la que hoy Carlos Herrera, un respeto, se comerá el pescaíto frito está levantada en el patio trasero de la Caridad, en la galería frente al comedor de la residencia. Es una caseta de rayas rojas y blancas. Una divisa plástica de venerables consecuencias. Como entenderán no les hablo de Carlos Herrera el Grande, el amo de la comunicación radiofónica; les hablo de otro Carlos Herrera, el dandy de la Caridad, el hombre que mejor se maquea para darse el paseíto por el Arenal cuando, uno tras otro, se ven salir por Temprado los amos y señores de tan alta institución, los hijos predilectos de Mañara. Yo he visto salir por esas puertas a gente que fueron parte de la historia de Sevilla. Y sigo viéndolos. Como veo, cada mañana que el Lorenzo despeja a las nubes de este invierno de abril, a Carlos Herrera. Y sale como si fuera a ver al Rey. Como si fuera a recibirlo un sultán del Alcázar. Como si fuera (y así fue) al palquito que le tienen reservado a los residentes de la Caridad, en la misma puerta de la iglesia, la hermandad del Baratillo. Para ver bien de cerca la Caridad. Carlos Herrera dice de él, a sus setenta y ochos años de vida cumplida, con cerca de diez en la casa del Venerable, que el verdadero Carlos Herrera es él y que el otro, nuestro querido y admirado líder de la comunicación, es un apócrifo. La guasa siempre es en Sevilla uno de los caminos más cortos para venirse arriba. Y habiendo sido tapicero de la calle Albuera durante tanto tiempo, no es de extrañar que nuestro Carlos Herrera de la Caridad, tenga esa habilidad para tapizar identidades, quedándose él con el damasco y dejando para los demás el retal de eskay. Una broma tan digestiva como el arroz en blanco.

Hoy es día alegre en la Caridad. Hoy es el día en el que en esa caseta de feria, los socios de tan imprescindible y necesaria institución civil, se comen su pescaíto y se alegran la garganta. Allí estará Carlos Herrera como acostumbra a salir a la calle: poniendo boca abajo a los espejos. Deslumbrando los cristales de las ventanas. Obligando a las galeras de las Atarazanas a desplegar sus velas en señal de saludo. Maqueao con su chaqueta y corbata, bien llevados los pantalones, tocado quizás con el sombrero con el que guarda sus mejores recuerdos y con una boquilla targa para bajarle los humos al ducado en su boca. Hoy es día de fiesta en esa casa donde la sociedad civil sevillana más comprometida con los valores humanos se viste de camarero de los de imaginario sayal pardo y cruz, porque no hay mayor distinción que la humildad y gloria más reconocida que seguir las reglas del Venerable. Sirviendo a los que la vida, la suerte y el destino no mucho les va a regalar a estas alturas. Mañara lo dejó escrito en esa novela espiritual, tan iniciática como algunas de las que escribió Herman Hesse, que es su «Discurso de la Verdad». Yo soy ceniza y polvo, exacta definición de nuestro destino, tan engañado siempre por la hoguera de nuestras vanidades.

Las norteamericanas de la academia TCC, que eligieron como prácticas de su asignatura de Acción Social ayudar en la Santa Caridad, se vestirán de gitanas. Son las mismas que cada semana se pasan por la residencia para jugar a la lotería con los abuelos, para sacarlos a pasear en sus sillitas o para llevarle ese reflejo luminoso que siempre desprende el oro de la juventud. Son norteamericanas, no sevillanas. Curioso desencuentro. Pero muerdan esto. En esa caseta hay arte a raudales. Con El Polaco, el esposo de La Polaca, que siempre compromete a algún grande del flamenco, como hizo el año pasado con Cristina Hoyos para que se desboquen los pulsos. O con los cantes por alegrías que busque en la garganta de sus recuerdos el saetero Jesús Heredia, también cliente de la Santa Caridad. No busquen esa caseta en la Feria. Porque está donde tiene que estar. Tan cerca de la gloria como los rosales del patio que desprenden la santidad del Venerable.

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