LA TRIBU

Penosas penas

Menores que matan como mayores y cumplenpenitas cortas, suaves, no les tosáis, por favor

Antonio García Barbeito
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«La pena grande es la pena / que no se puede llorar, / y esa no se va, se queda.» Cantaba Carbonerillo. Ya sin guerra, ya sin posguerra reciente, ya lejanos los odios de los bandos, nos movemos por España entre las perpetuas penas de las víctimas y las penosas penas de asesinos, mala gente que camina y va apestando la tierra. Si Hernández iba «entre pena y pena sonriendo», España va entre las penas de los familiares que sufren el zarpazo de los criminales más despiadados —por abusos sexuales, por robos, por venganza— y las penitas que les imponen a quienes cometen el delito. No acaba uno de ver la última entrevista con el padre de la malograda Diana Quer cuando al balcón de las noticias asoma otra bestialidad: en Bilbao, dos menores asesinan a dos octogenarios para robarles. Los vecinos lo tienen claro: «Era la crónica de unas muertes anunciadas, lo sabíamos, temíamos que cualquier día estos niñatos cometieran algo así, porque ellos veían que sus fechorías nunca tuvieron un castigo ejemplar…»

Penas y penas. Penas en libertad y penas en la cárcel, o sin cárcel, presencia cada quince días en la comisaría, multa corta y a la calle, a seguir aprendiendo a matar, que no a morir. No hay variante de violencia que no encuentre a un canalla dispuesto a practicarla, ya sea en la locura de meterse en la carretera en dirección contraria para causar una carnicería, ya ser incapaz de solucionar un final de amores y subir al coche a la novia desenamorada y estrellarse con ella, cacho criminal. O el crimen cuasi diario de vengar una separación, un aviso de divorcio, una denuncia por malos tratos, y que navajas y tiros hablen con su lengua de sangre. Y al final, y como mucho, el presidio. «¿Qué es el presidio? ¡Allí comen, allí fuman, allí tocan los instrumentos! Mis muertos llenos de hierba, sin hablar, hechos polvo; dos hombres que eran dos geranios... Los matadores, en presidio, frescos, viendo los montes...» Así habla la Madre de Bodas de sangre, ¡y con cuánta razón! Dice el padre de Diana Quer lo que dije cuando mataron a Alberto y Ascen, que la única cadena perpetua es la de la pena, no la de los asesinos etarras. Y en ese saco, metan a los Carcaño, Chicle y cuantos han violentado, asesinado, maltratado hasta la agonía… Niñas y mujeres asesinadas, y asesinos adultos y asesinos menores. Menores que matan como mayores y cumplen penitas cortas, suaves, no les tosáis, por favor. Estamos creando una escuela de asesinos que copian del natural, y estamos enterrando a muchos muertos asesinados, por no aplicar penas que, por duras y largas, siquiera se parezcan a la muerte.

antoniogbarbeito@gmail.com

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