COMENTARIOS REALES

Otra ley electoral

En una segunda vuelta los catalanes habrían tenido que elegir en voto secreto entre Inés Arrimadas y Puigdemont

Fernando Iwasaki
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No creo que ningún partido político vuelva a obtener una mayoría absoluta durante los próximos diez años, pero considero que en la agenda de todos los partidos que se consideren parte del bloque constitucional debería estar señalada en rojo la reforma de la ley electoral, pues llevamos cinco años discutiendo como besugos —en distintos escenarios— si deberían gobernar los candidatos más votados por los ciudadanos, a pesar de que nuestras leyes establecen que son los representantes elegidos al congreso, los parlamentos autonómicos y los ayuntamientos quienes eligen en cada caso a los gobernantes. El secesionismo no ha ganado las elecciones en Cataluña, pero gracias a sus parlamentarios podría gobernar; el PP ganó las elecciones al ayuntamiento de Madrid, pero gracias al apoyo de los concejales del PSOE gobierna Manuela Carmena; y Mariano Rajoy y Susana Díaz gobiernan gracias a pactos concretos con Ciudadanos. A lo mejor el modelo es del gusto de todo el mundo y el único equivocado soy yo.

Una hipotética reforma electoral debería afrontar —al menos— dos líneas de trabajo. A saber, la elección de los gobernantes a través de una segunda vuelta y la elección nominal de los representantes, mejor conocida en España como «listas abiertas». A estas alturas de nuestra andadura democrática, quizá PP y PSOE ya sean menos alérgicos a consentir las segundas vueltas electorales, aunque es obvio que las «listas abiertas» les producen urticaria.

Con un sistema de segunda vuelta, los catalanes habrían tenido que elegir en voto secreto e individual entre Inés Arrimadas y Puigdemont, sin tener en cuenta los ucases de Iceta, Colau, Junqueras o García Albiol. Con un sistema de segunda vuelta, los madrileños habrían ido a las urnas a elegir o a Esperanza Aguirre o a Manuela Carmena, sin que otros partidos convirtieran la alcaldía de Madrid en moneda de cambio para sellar otro pacto en cualquier lugar. Por lo tanto, un sistema de segunda vuelta electoral expresaría mejor la voluntad popular, que los chanchullos entre mareas, minorías y mayorías relativas.

Sin embargo, partidos como PP y PSOE no quieren oír hablar de «listas abiertas», porque su mera existencia supondría la desaparición de los aparatos y —peor todavía— la posibilidad de que los votantes elijan a candidatos no siempre dóciles a la dirigencia de los partidos. De hecho, las «listas cerradas» no garantizan que los mejores lleguen a las instituciones sino más bien los afines y los «aparatchik», aunque existan honrosas excepciones que confirmen la regla.

Uno está resignado a que nunca existan «listas abiertas» en España, pero creo que hay que luchar para entronizar las segundas vueltas electorales y la igualdad del valor de los votos en todo el país. De lo contrario seguiremos amenazados por los secesionismos y los populismos, dos amenazas ante las cuales el bipartidismo ha fracasado porque la ley electoral vigente les ha permitido pastelear bajo cuerda hasta que se han quedado sin soga y sin pastel.

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