PÁSALO

No da la talla

No tiene talla de héroe. Y ya es una realidad que a Puigdemont no lo sigue ni su sombra

Felix Machuca
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Si las niñas ya no quieren ser princesas y los héroes solo tienen cabida en las sagas espaciales, a nadie puede extrañarle que Puigdemont se empeñe, un día y otro, en parecerse más a su caricatura, para darle la razón a los letristas de ventaja del Carnaval y a los que ven en él la encarnación del antihéroe. Es muy difícil ser Mandela. O intentar emular a Martin Luther King. Es tremendamente complicado ser hoy un héroe. Un libertador. Un líder iluminado por su condición personal y su valor. Y más aún viendo del barrio político y social del que procede. Una confortable clase media catalanista enfangada por varios procesos de corrupción y con sus personajes más rutilantes bajo sospecha. Todos ellos amantes de la dolce vita y de navegar económicamente con el viento a favor. Para abordar las empresas públicas que manejaban como surtidor de la gasolina de un procés que, la verdad sea dicha, está retratando a toda una familia política, la secesionista, con muy poca fotogenia. El que mejor sale en ese álbum está en la cárcel. Con dos pares. Aunque me dé dos patadas en la boca del estómago su capacidad para la manipulación y su habilidad infantil para contar mentiras. Pero a Junqueras hay que reconocerle eso. El valor de su condición personal y la madera incombustible de su ideario por el que ha sido entalegado y no ha huido de sus responsabilidades penales. Encarando sus ideas y corriendo el riesgo penal que lo ha llevado al castillo. Donde pasa los días con un pijama a rayas aunque proteste de la flatulencia que le proporcionan los menús del talego. Desde luego como en El Bulli no se debe comer allí donde Junqueras anda alojado a gastos pagados por todos los españoles. Gasto que a muy pocos nos pesa.

Puigdemont no da la talla. No tiene cuerpo para abanderar lo que ha querido abanderar. Ni cuerpo ni coraje. Le ha faltado tiempo para correr. Para huir. Para que las ideas que defiende lo lleven a la cárcel. Ha preferido seguir en una continua huida hacia delante que lo ha llevado a eso: a dibujar lo peor de su figura y a servir de motivos diarios de mofa en los gif de las redes. El último que he visto reflejaba la trasera de un coche, con el maletero cerrado y un mocho de peluca del fugado dando al exterior, como indicando que iba allí escondido, en permanente fuga de sí mismo y de su falta de valentía. Ha corrido como los toreros con poca taleguilla. Con tanto miedo que en no pocos círculos secesionistas se ha devaluado tanto su figura que hasta se avergüenzan de él. Puigdemont es al secesionismo lo que Vichy representó en la Francia ocupada. Un traidor. Un cobarde que se subió en una ola para hacer surf y que hoy anda medio asfixiado entre un mar de olas encontradas que lo hundirán en su propia miseria. Lo peor de su suerte no es la que el destino le tenga deparada. Lo peor de su estrella solitaria, la de la bandera que tremola lejos de Tabarnia, es que su cobardía está destruyendo su amada tierra. Parece que en Bélgica no solo ha aprendido a comer langostas en restaurantes caros. Da la impresión de que también ha descubierto que un país puede seguir caminando sin gobierno durante un largo tiempo. Ya ven: todo lo que aprende este antihéroe va contra ese pueblo que tanto dice amar. Es verdad: hay amores que matan…

Porque el empantanamiento que sufre Cataluña, ese ralentí político en que lo ha sumido una revolución de tractoristas, sigue causando efectos letales para su economía y su estabilidad social. Las empresas continúan marchándose y cada vez están más convencidas de que la vuelta es imposible. Poco aconsejable. Mientras se va destruyendo el tejido industrial y empresarial de la que fuera comunidad referente de España, la sociedad sufre esa fractura como una epidemia, como una peste contagiosa y brutal que emponzoña las relaciones personales, familiares y laborales. No hay mejor bomba de racimo para destruir lo construido que un miserable queriendo ser un héroe. Si no quiere ir a la cárcel, que se quede en Bélgica. Pero al menos debería apartarse de la candela para dejar que uno con más osadía y compromiso no se congelara con el frío ejemplo de su cobarde fuga. A día de hoy, a Puigdemont no lo sigue ni su sombra. Los héroes no son para estos tiempos.

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