PÁSALO

Murillo

Murillo ha pasado de ser el pintor de las latas de membrillo a la cumbre barroca que siempre fue

Felix Machuca
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En la Colina del Loco, antes de que la oscuridad de los números se hiciera dueña de la luminosidad de sus letras, Antonio Gala le confesó a Quintero que, cierta vez, estando de viaje el escritor y poeta cordobés con Terenci Moix por algún lugar del mundo, le dijo a Gala que no se preocupara con la crítica. Porque la crítica, por regla general, es a la razón lo que la Coca-Cola al buen champán. Me viene a la memoria aquella deliciosa entrevista en la que Gala, tras preguntarle Jesús si creía en un amor para toda la vida, le respondió con desparpajo flamenco: en un amor para toda la vida de los otros, sí. Para toda la vida mía, no. A esa entrevista me refiero cuando cito la falta de aprecio que Terenci tenía por la crítica. A Murillo la crítica local, durante un buen puñado de años, lo ha tratado con una confianza de cocina, de empleada de hogar. Como si el genial pintor sevillano del barroco, fuera un brocha gorda, un adicto al spray y a los muros de los paredones, rebajando la valía de su relato plástico a la categoría de pintor del Jueves. Fueron años durísimos para todo lo que no fuera pintar de aquella otra manera, al margen de los cánones clásicos y apostando siempre por lo nuevo como un valor firme. Lo tuviera o no. A más de un baranda con chaqueta hipotensa de la Junta de los ochenta le oí decir alguna vez que Murillo era el pintor de las cajas de membrillos de Puente Genil. Créanme. Aquel día entendí a la francesada que arrampló con los Murillos de la ciudad.

Tras la crítica solo hay un crítico. Y no siempre bueno, bienintencionado o desocupado de prejuicios. Y aquella época sevillana, en un intento quizás desesperado de identificar política progresista con pintura de vanguardia, se tiró más de un tiro en el pie con apuestas tan volátiles. No sería justo meter en un mismo saco a todos los ámbitos plásticos de entonces. Muchos de ellos valoraban a Murillo y a nuestros maestros del barroco. Pero la dirección de la corriente no era esa. Pese a que el pintor que, bajo mi desacreditada opinión, plasmó con mayor realismo el mundo marginal de aquella España en decadencia fue Bartolomé Esteban Murillo. Un pintor, precisamente, muy social a la vez que religioso, que es donde tenía su mejor mercado. Pero cada plano y captura que hacía de la vida cotidiana, con niños llenos de liendres, quitándose el hambre a base de picardías o los rostros hiperrealista de sus viejas son pura denuncia social. Cuando eso aún ni se barajaba más allá de los territorios propios de la caridad cristiana. Murillo los pintó como, igualmente, pintó aquellas apoteosis angelicales con guirnaldas rosáceas por donde, algún perverso, me explicó alguna vez que los querubines imitaban a Tarzán. Maldades universitarias al uso.

Lo único bueno que tiene el tiempo es que habla sin oírsele y cuando te das cuenta, lo que ayer condenaba hoy forma parte de uno de los atractivos culturales más fuertes de la ciudad. Murillo parece que se escapó de las latas de carne membrillo de Puente Genil para colocarse en el altar de una de nuestras muestras más brillantes de la pintura universal. Los franceses no se llevaron almanaques. Casquerías. Arramplaron con casi todo lo bueno que colgaba de las paredes de los conventos y de las casas principales. Para, posteriormente, ir a parar algunos de esos cuadros a un castillo de Gales, a una colección privada de Nueva York o a un museo ruso. Quien tenga reparos en tragarse los sapos disecados de aquellos años solo tiene que darse un garbeo por la Caridad. Y ver el cuadro de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos. Si eso no es realismo social, si eso no es denuncia descarnada, si eso no es un anticipo plástico del manifiesto socialista, pues que alguien me lo explique. Aunque solo sea un crítico, como decía Terenci. Al fin y al cabo la crítica, a veces, es a la razón, lo que una lata de carne de membrillo a la efemérides del nacimiento de Murillo… Los hijos políticos de los que lo condenaron hoy se fotografían bajo el esplendor de su pintura.

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