LA ALBERCA

Muertos buenos, muertos malos

El comunicado de ETA no pide perdón, todo lo contrario: utiliza esta palabra para herirnos más

Alberto García Reyes
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El delirio agudo que ha padecido durante todos estos años de sangre la banda terrorista ETA está determinado por dos taras mentales bastante evidentes, pero difundidas en su propio contexto social con mucho éxito: la distorsión de la realidad, que ha llevado a los criminales a sufrir episodios alucinógenos en su interpretación de la historia, y el victimismo como justificación de la violencia, que es la peor salvajada en la que puede caer una persona. La eterna patraña equidistante del «conflicto armado» es un pisoteo constante a los muertos que sólo pusieron la nuca. Por lo tanto, no se puede usar este infame circunloquio para pedir perdón porque el perdón exige una admisión previa de todas las fechorías y no admite acusaciones falsas a los damnificados. Utilizar la expresión «conflicto armado» mientras se solicita la redención es excusarte ante aquel a quien has asesinado echándole las culpas de su muerte. Un asqueroso opropio. Hacerlo, además, aludiendo al bombardeo de Guernica como origen de todas las diferencias es un pretexto pueril. Por esa regla de tres, la guerra de Siria tiene su origen en el conflicto sumerio entre Lagash y Umma hace 4.500 años. De ahí vienen todas las rencillas. El problema de la ETA, que con su reciente comunicado ha confirmado su atávica soberbia criminal, es que está erguida sobre postulados animales, sobre rebuznos, no sobre ideas. Lo único que saben de la vida sus carniceros es apretar un gatillo o activar una bomba. Por eso no pueden entender que aquí nunca ha habido dos bandos, sino una sola banda.

La mejor respuesta al ominoso comunicado de los criminales pidiendo perdón a medias, que es peor que no pedirlo, la han emitido los informativos de televisión esta semana. Un hombre mató a su exmujer y a la madre de ésta en el piso de ambas en Sestao y luego le metió fuego a la vivienda, situada en una séptima planta. El siguiente paso en el plan de este cobarde asesino era tirarse por la ventana. Pero los Bomberos ya se habían apresurado a desplegar abajo una inmensa lona que le salvó la vida. Inmediatamente, las asistencias sanitarias lo trasladaron al hospital, donde fue estabilizado. Esta es la metáfora que mejor representa el terrorismo etarra: el Estado salvó al criminal. No entró en ningún conflicto con él. Simplemente actuó con humanidad y a partir de ahora le aplicará la ley. Esa es la diferencia. Para la ETA hay, según su nueva justificación, muertos buenos —los txakurras y demás «soldados» de la guerra contra Euskal Herría— y muertos malos —los que tuvieron el infortunio de cruzarse en su camino inocentemente—, como para el asesino de Sestao habrá una muerta justa —su exmujer, que se atrevió a dejarlo y tiene toda la culpa de su final— y una muerta injusta —su exsuegra, que tuvo la desdicha de estar donde no debía y tuvo que morir colateralmente—. Este es el cuento que quieren contarnos los encapuchados en un comunicado que han escrito mojando su pluma en nuestra sangre. Pero nosotros seguiremos diferenciándonos de ellos en una cosa: su delirio no nos reclama venganza, sino compasión. Pobres miserables.

Alberto García ReyesAlberto García ReyesArticulista de OpiniónAlberto García Reyes