Manuel Pío Halcón
Manuel Pío Halcón - ABC
Antonio Burgos - EL RECUADRO

El mejor personaje de Manuel Halcón

El más literario y sevillano de los que creó, fue uno al que dio vida de verdad: su propio hijo, Manuel Pío

Antonio Burgos
SEVILLAActualizado:

Por las esquelas de los funerales de septiembre gracias a las cuales nos enteramos de los casi inmortales fallecidos en agosto, que aún creíamos en esta vida, me entero de que se nos ha ido el mejor personaje del novelista sevillano y académico de la Española don Manuel Halcón Villalón-Daoiz. No era del «Monólogo de una mujer fría» ni de «Los Dueñas». El mejor personaje de Halcón, el más literario y sevillano de los que creó, fue uno al que dio vida de verdad, no de ficción narrativa: su propio hijo, Manuel Pío Halcón Borrero. El que en estas páginas de ABC ha retratado en emocionante obituario su hijo Joserra Halcón: «Siempre impecablemente vestido y atildado, con ese punto snob que sólo pueden lucir sin rubor los que tienen la seguridad de saberse verdaderamente elegantes. Era un hombre guapo y con clase, para qué vamos a engañarnos.» Si a Joserra se le ha muerto su padre, a mí se me ha muerto mi compadre Pío Halcón. Compadrazgo de herencia: «Se heredan elegancia y blasón». Un día mi maestro don Manuel Halcón me pidió que no le hablara más de usted, que le tuteara. Le dije:

—Yo a don Manuel Halcón no le puedo hablar de tú, no me sale.

Y con su señorío y su saber campero de Lebrija, me propuso:

—Bueno, pues vamos a seguir hablándonos de usted, pero con un usted más cercano: el de los compadres. A mí me gustaría sacarte de pila un chiquillo para que fuéramos compadres de verdad, pero como ya no vas a tener más hijos, hagámonos compadres honorarios y así podremos seguir hablándonos de usted. Pero con toda la cercanía del usted de los compadres.

Cuando Don Manuel murió, dejó a sus hijos «El Cañuelo» y el piso de La Castellana por donde correteaba su perro «Corito». Pero sin testamento ni particiones, Pío se adjudicó la herencia de mi compadrazgo con Don Manuel:

—Como yo soy heredero de Don Manuel me considero también compadre de usted, Burgos.

Claro que sí. Un fin de raza. Ya digo: el mejor personaje sevillano de Don Manuel Halcón. Emprendedor de los negocios más ruinosos del mundo, del canódromo a Galgo Films y el truncado cine andaluz de García Pelayo; descubridor de artistas flamencos; amigo de los gitanos y sobre todo de las gitanas. Joserra ha contado lo que él mismo me confesó un día en la barra de arriba, la de los platos compuestos, de la antigua Cafetería Coliseo. Cuando Don Manuel, harto de avalarle negocios absolutamente ruinosos y lanzamientos de artistas sin fortuna, le dijo:

—Pío, hijo, ya vas teniendo una edad en la que debes empezar a hacer lo que han hecho los señoritos de Sevilla toda la vida de Dios.

—¿El qué, padre?

—¡Nada, hijo, nada!

Y cumplió su palabra. Se dedico a ser él mismo. Lo cual era ya un trabajo importante. Lo veo ahora como en un capítulo halconiano viviendo en la calle Bailén, en la que fue la casa del cochero de su abuelo el Marqués de San Gil. La última vez que me lo encontré iba como un indiano adinerado, vestido completamente de blanco. Estaba tomando café con todo su señorío de fin de raza en el Horno de San Buenaventura de la Avenida. Había llegado de El Cañuelo y recordamos entre risas aquella anécdota de una noche en la anual cena que daba en su casa de Marbella. Virtuoso del desparpajo al que los sevillanos llamamos poca vergüenza, aquella noche Pío repartió tras la cena unos puros. A Jaime Ybarra y a mí nos dio unos caliqueños. Y llegó él a nuestra charlita del café con su veguero encendido, que olía a Tendido 1 de bien:

—Compadre, me estoy fumando este puro y me parece que estoy viendo a Curro Romero.

Y le contesté, con su misma poca vergüenza:

—Pues aquí a don Jaime Ybarra y a mí nos ha dado usted unos puros tan malos, compadre, que nos parece que estamos viendo a El Fundi.

Que la romana tierra de la Andalucía de su padre Don Manuel le sea a usted leve, querido compadre Pío.

ANTONIO BURGOS