LA TRIBU

Medida de bares

En esto, nada ha cambiado; sigue encantándonos la vida como en la copla: de mostrador en mostrador

Antonio García Barbeito
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Te acordarás, Cangui, de cuando cuatro bares —a los de café les decíamos casinos— le dieron forma al centro de la tribu. Cuatro bares: dos que tenían tres cuartos de taberna y dos que destacaban por su clientela más distinguida. Dos de ellos olían especialmente a café, aunque a veces el café tenía que abrirse paso entre los restos agrios que el vino y algunos licores habían dejado en el aire, mezclados con el humo del tabaco. En uno de ellos había trastienda de tahúres que manejaban los naipes como auténticos magos; en otro, dos mesas de billar, y en una de ellas, en la mejor de las dos, los chavales mirábamos la precisión geométrica de los delineantes de carambolas, aquella elegante rodada de las bolas sobre el plano tapete verde que tenía esquinas donde, bien tocadas con efecto, las jugadas parecían mágicas, y el choque entre las bolas, si reunían, un leve brindis de osario esférico. Otro de los casinos ofrecía un par de mesas de futbolines, la bruta espalda del billar, bolazos inmisericordes y gritos. Calco, cada mesa, de la elegancia del billar y de la violencia del fútbol.

Cuatro bares o casinos, Cangui. Tres televisores que los días de corridas de toros televisadas exigían pago o consumición, como para ver series nocturnas o aquellos espectáculos de Galas del sábado o Amigos del lunes. Cuatro establecimientos ejercían una fuerza centrípeta que podía con todo, y mucho más los días festivos. El centro era un velador con cuatro sillas de tijeras, unas sillas de eneas a la puerta, un olor a café, una cerveza con buena tapa, un refresco bien frío, unos cortadillos de cidra o unas tortas de Inés Rosales. Cerraban los bares y la tribu perdía su centro. Cuando cerraron los cuatro, o flaqueó el negocio y ya la gente no iba tanto, el centro se instaló allí donde algunos empresarios supieron abrir negocio de bar, ya con pulso de a ver quién pone las mejores tapas, que si anchoas y banderillas, que si pescado frito y ensaladilla, que si guisos caseros. Coincidió, además, con la alegría de ver —¡por fin!— a las mujeres en los bares, acompañadas de su novio o de su marido o en grupo de amigas. Y ahí terminó de hacerse el centro. Ocurrió en la tribu y ocurre en todas partes, Cangui. La fuerza centrípeta de un bar sigue mandando, dé buenos desayunos, buenas tapitas al mediodía o buen servicio de veladores por la noche. Mandan los bares. Ni bancos, ni edificios oficiales, ni malecones para el fresco, ni el centro geográfico. Hoy como ayer, seguimos obedientes al último grito en bar. En esto, nada ha cambiado; sigue encantándonos la vida como en la copla: de mostrador en mostrador.

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