Media verónica de Peris

A ver cuándo nos escribe usted ese libro sobre Sevilla que estamos esperando

Francisco Robles
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En este oficio del periodismo, como en toda actividad creativa que se precie, el personal se divide en dos grupos: los que se limitan a repetir los modelos creados, y los que se sacan de la chistera del talento un molde nuevo que se ajusta a su ingenio. En el segundo grupo, valga la paradoja, se encuentra el maestro Luis Carlos Peris. Decimos paradoja porque los creadores no se agrupan bajo ninguna asociación, ya que son por esencia únicos e irrepetibles. Lobos esteparios, que también se diría. Siempre al acecho de lo distinto, del terreno que nadie ha pisado por desconocimiento o por miedo al qué dirán. En este ABC hay unos cuantos, bien elegidos y mejor leídos por ustedes. Y en la competencia está Peris con esas medias verónicas en forma de artículos breves que hacen las delicias de quienes lo leemos sin falta.

Fiel al espíritu liberal de nuestro ABC, Peris va a recibir el premio taurino que lleva el nombre de su gran amigo Manuel Ramírez. Hay que ser muy taurino para morir en Talavera, y eso fue lo que hizo el inolvidable Manolo Ramírez. Y hay que escribir muy bien para ganar este prestigioso premio con una serie de crónicas que narran y evocan las corridas que se celebraron hace decenios. Ahí demuestra al sabio Peris que en la Literatura con mayúscula lo importante no es lo que se cuenta, ni siquiera el momento en que se cuenta, sino el cómo se cuenta. Hemos leído esas crónicas como si la corrida se hubiera celebrado hace unas horas. Como si aún chorreara la sangre del toro en el arrastre. Como si el miedo siguiera afilando la barba punzante del matador. Como si el sol estuviera poniéndose por los tejares perdidos de Triana. Y las hemos leído así porque el maestro ha hecho lo mismo que anhelaba Juan Ramón: escribir la luz con el tiempo dentro.

Este premio, más que merecido, pone de relieve la figura colosal de un periodista que se conoce al dedillo los entresijos de esta ciudad tan difícil y tan esquiva como el carácter del sevillano serio. Con un humor tan sutil como británico, sevillanísimo a la hora de dejar sentencias que se quedan grabadas en la memoria, Peris se sale por la tangente del estereotipo que convierte al sevillano en el patético gracioso. Peris tiene gracia, que diría Garmendia. Pero no es un gracioso, que remataría el inolvidable barbudo que nos sigue dictando sus lecciones desde el otro lado del mostrador de la vida. Esa distancia le viene a Peris de maravilla a la hora de dejarnos esos artículos breves, esas pinceladas sueltas que son medias verónicas rematadas con las manos muy bajas. Pegadas al suelo de la realidad, pero con el vuelo del capote que las impregna de la mejor literatura: esa que no se nota.

Gloria discreta, a media voz, para el maestro que escribe en la diaria competencia. La misma que ha de recibir este periódico por premiar al mejor sin mirarle el carné profesional. Y para Peris, un ruego que le hemos hecho más de una vez. A ver cuándo nos escribe usted ese libro sobre Sevilla que estamos esperando como agua de mayo. Dicho queda.

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