CARDO MÁXIMO

El legado de ETA

La banda ha sido como esos moribundos desahuciados que se niegan a admitir que toda su vida fue en balde

Javier Rubio
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Cuando éramos chicos y la ETA mataba a troche y moche, día sí y día no a policías y guardias civiles de dos en dos o de tres en tres, soñábamos con el día en que dejara de existir. En aquellos tiempos de «Lou Grant», no sé por qué siempre se le hacía la misma pregunta a los periodistas en los platós: ¿qué noticia te gustaría contar el año que viene? E invariablemente surgían idénticas las respuestas: la cura del cáncer y el fin de ETA. Acabo de escribirlo y un escalofrío me ha recorrido el cuerpo como un calambrazo porque en mi biografía personal, la más íntima, ambas noticias —precisamente esta semana— están entrecruzadas como la urdimbre de fibras de un tejido. En el fondo, sólo somos eso: una trama de vivencias tejidas en el telar de la vida. El miedo con que oíamos en la radio la palabra atentado o el adjetivo parabellum aplicado a la munición, la angustia que nos devolvían las fotos en blanco y negro en el periódico mórbidamente descarnadas, la rabia colectiva que seguía a cada zarpazo y, al fondo, la impotencia como un telón de fondo sobre el que pintábamos nuestra propia incomprensión.

Pero jamás soñé que el final fuera tan deshilachado. El otro día, el presidente autonómico vasco daba con la clave psicológica que explica gran parte del proceso de enmascaramiento de la verdad que se nos viene encima: «ETA tiene pavor a que se interprete que lo suyo no ha servido para nada y a que se considere una derrota». La banda terrorista ha sido en el último lustro como esos moribundos desahuciados a los que ya no les queda más que morirse y que, al echar la vista atrás, se niegan a admitir que toda su vida fue en balde. El rencor es el último sentimiento en abandonarnos cuando ya todas las demás emociones se han despedido de nosotros. Un rencor concentrado, frío como un témpano, que es preciso traspasar a la siguiente generación para que tantos años de desprecio, de enfrentamiento, de odio puedan revestirse con algún ropaje justo en el momento trascendental en que advertimos las vergüenzas de su propia esterilidad. Es el odio el que mueve a los terroristas. Fue odio lo que sembraron a su alrededor. Pero el odio es una mala hierba invasora que destruye todos los demás cultivos hasta hacerse dueña del terreno; entonces decae porque ya no tiene más suelo que colonizar.

No valió para nada lo que hicieron. Los muertos que mataron, las heridas que infligieron, el sufrimiento que esparcieron fue inútil. Hay que decirlo a pulmón lleno. Su único legado es la constatación, como les sucede a los agonizantes en el lecho del dolor con la familia reunida alrededor de la cama, de que no se puede construir nada basado en el odio. Nunca, en ningún momento de la historia, el rencor ha ganado la partida. Y sí, mientras tanto, seguiremos soñando con una cura todavía más efectiva contra el cáncer de la que vamos teniendo.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio