La izquierda exquisita

El Times lo calificó el mejor periodista de la era Pop

Felix Machuca
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Podríamos meter la mano en la bolsa de los calificativos más iluminados y empezar a esparcirlo por la tumba de Tom Wolfe. Y dejarle el túmulo con la purpurina de los colores ácidos del Pop indicando, claramente, que allí yace uno de los mejores periodistas y novelistas de los setenta y ochenta en EE.UU. Para algunos es el padre del nuevo periodismo; para otros, tan envidiosos como solo pueden serlo un poeta o un escritor, un retro conservador sureño. Casi escapado del casting sudista de «Lo que el viento se llevó.» Aquellos intentos por descalificarle se los pasaba Wolfe por la bragueta de sus ocurrencias, que fueron muchas y múltiples, tanto que para entender la sociedad emergente de aquella América estigmatizada aún por la guerra del Vietnan, hay que zambullirse en la tremenda resaca sociológica que él reflejó como periodista. Judíos izquierdosos, panteras negras, políticos cagadamente correctos, la tiranía estética de los arquitectos endiosados, el mundo de los surferos de La Joya, el Black power, las conejitas de Hefner, la silicona, el top less… El Times lo calificó como el mejor periodista de la era Pop. Otros críticos sentenciaron que Wolfe fue para el reportaje norteamericano lo que el primer Salinger para la narrativa yanqui. Da igual. Fue un fenómeno periodístico y literario que descolocó a los popes de la escritura y de la edición.

Cuando sus envidiosos compañeros de profesión le ninguneaban alguno de sus reportajes, Wolfe solía contraatacar, sin pelos en la lengua y riéndose de ellos, diciéndoles que el problema no era él, sino los envidiosos, a los que la crítica olvidaba para volcarse con aquel cronista irónico, feroz, picante como el chile y terriblemente divertido. Su punto de vista era absolutamente nuevo. Y se entretuvo en contarle a América que era verdad lo que cantaba Bob Dylan, que los tiempos estaban cambiando y había gente con legañas en los ojos que no se daba cuenta de la magnitud de ese nuevo tiempo. Las nuevas generaciones, las costumbres más osadas, estaban dándole la vuelta al calcetín del stablishment, para convertirse en otra cosa o en lo mismo pero con otra cara. Y ahí Wolfe era despiadadamente divertido, sagaz y visionario. Cuando Soljenitsin viajó en el setenta y cinco a los EE.UU. se vio sorprendido por un vacío informativo y literario promovido por intelectuales zurdetas. Le perdonaban muchas cosas. Al fin y al cabo había sufrido el comunismo duro de la URSS y las miserias del Gulag. Pero no le perdonaron su machacona insistencia en que los «ismos» eran los responsables de lo que pasaba en el secuestrado bloque soviético. A todos aquellos que quisieron desprestigiar la clara voluntad de intelectual libre de Soljenistin, Wolfe los llamó el socialismo de acero inoxidable. Era un guasa. Y se le entendía todo. Especialmente aquellos que estaban construyendo la izquierda exquisita, abonada en el campus universitario de UCLA y en los carísimos apartamentos neoyorquinos de Quinta Avenida, con Leonard Bernstein a la cabeza.

Siempre lo admiré como reportero. Terry Southern, otro magnífico reporter de la época, autor de «A la rica marihuna», recomendó a sus lectores que había que enviarle a Wolfe dinero y otras golosinas. Estaba absolutamente rendido ante la capacidad de análisis e ironía social que desplegaba en sus reportajes más celebrados: «Maumauando al parachoques», «La banda de la casa de la bomba», «El crimen perfecto» o la visión desternillante y burlona que hace de la revolución sexual en «El cuarto de calderas y la computadora». En «¿Quién teme a la Bahuaus feroz?» nos alertó del mandarinato intelectual de los gurús de la arquitectura, agrupados en torno a Walter Gropius, cuyo primer mandamiento era partir de cero y acabar con la arquitectura burguesa. No tengo espacio para contarles la peripecia vital de Ken Kesey y sus alegres pillastres en «Gaseosa de ácido Eléctrico.» Kesey era el autor de «Alguien voló sobre el nido del Cuco» y en la novela de Wolfe no hay una página donde el LSD, como disparatada apuesta contracultural, no aparezca embolillando a los californianos del flower power. Anagrama puso a nuestro alcance la América que venía para Europa. Y aquella Anagrama fue una de mis «asignaturas» preferidas para aprender periodismo.

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