LA ALBERCA

A un hombre cabal

Ser juez es un sinvivir constante, pero aún es más difícil ser Antonio Moreno Andrade

Alberto García Reyes
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Cantaba Camarón un martinete que su amigo Antonio ha susurrado durante toda su vida al marcar en la Olivetti un compás de martillo sobre el yunque para dictar todos sus veredictos: «Las doce acaban de dar / en el reloj de la Audiencia / pendientes de mi sentencia. / Dios mío, ¿qué pasará?». Ser juez es un insufrible sinvivir constante. Pero todavía es más difícil ser Antonio Moreno Andrade. Porque la Justicia sólo se imparte de verdad cuando su administrador siente amor por el condenado. No compasión, ni misericordia. Amor de igual a igual. Y este señor nunca ha vestido la toga como uniforme de autoridad, sino como hábito de su compromiso con los demás. Otro de sus amigos de la infancia, con quien compartió correrías juveniles en su pueblo natal, certifica la clase de hombre que es este chiclanero, criado en el olor de la levadura del vino blanco de su casa y en el ritmo de los nudillos del desahogo de los desamparados. Dice Rancapino que Antonio es la miga del bollo. Y que sabe decir los oles en el sitio exacto desde antes de hacer la Comunión. A ver quién mejora esa collera: un flamenco y un juez, un buscavidas y un salvavidas. A Moreno lo hace gigante, a pesar de su cuerpecillo menudo, su total falta de complejos. ¿Cuántas personas criadas en la dificultad, junto a otras que no prosperaron, ocultan sus orígenes cuando se codean con la flor y nata del poder? Yo he visto a don Antonio —le pongo el don no por protocolo de respeto, sino por admiración— presumir de su niñez con sus «hermanos» Ranca y José el de la Isla. Y le he visto los ojos encendidos al hablar de las noches en que les escuchó cantar a solas. Por eso su sentido de la Justicia ha sido siempre el del martinete. Dios mío, ¿qué pasará? Su única toga ha sido siempre la piel del otro.

Dijo en su pregón de la Semana Santa que todos los días veía la cara de su Virgen de las Aguas en el rostro de las madres que acompañaban a sus hijos al banquillo, sobre todo a los que ya venían condenados por la propia vida a padecer el infierno de la droga. Porque Antonio Moreno Andrade jamás ha dictado una sentencia sin haber cogido antes la cruz del reo aunque en el tribunal nunca se haya conocido ni a sí mismo. Ha actuado siempre con rectitud y con independencia, pero con humanidad, que es el principal valor de la Justicia, lo que la salva del frío polar de la Ley. Y siempre ha tenido en cuenta lo que cantaban los viejos gitanos: «A la reja de la cárcel / no me vengas a llorar. / Ya que no me quitas penas, / no me las vengas a dar». Por eso ahora que se ha retirado hay que dictarle sentencia a él: cuelga la toga un sabio, un bienhechor, un hombre clemente, íntegro, ecuánime, honrado. Un hombre decente. Un señor al que le acaban de dar las doce en el reloj de la Audiencia y, después de toda la vida recluido en la celda de su inapelable moralidad, que siempre entendió la autoridad como un servicio, no como un dominio, sale del juzgado murmurando la soleá de los cabales: «Voy como si fuera preso: / detrás camina mi sombra, / delante mi pensamiento».

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