EL RECUADRO

El himno de Sevilla

No estaría de más que entre todos adoptáramos el «Sevilla» de Albéniz como seña de identidad musical de la ciudad

Antonio Burgos
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Esta ciudad que tanto gusta de celebrar centenarios, bicentenarios, sesquicentenarios, cincuentenarios, bodas de plata y hasta cumpleaños en la piscina de bolitas de Puerto Perico, ha conmemorado, como no podía ser menos, los XXV años de la Exposición Universal de 1992. Y como colofón de los actos y también a modo de camión-escoba de la entrega de distinciones y medallas de la ciudad en el día de San Fernando, celebróse el 13 de diciembre en el Alcázar la solemne entrega del título de Hijo Adoptivo de Sevilla a Plácido Domingo, asesor lírico de la Expo y animador operístico en los primeros pasos del Teatro de la Maestranza.

Como comienzo del acto, el muy laureado pianista de nuestra tierra Juan Pérez Floristán tocó el conocidísimo «Sevilla», de la «Suite Iberia» de Isaac Albéniz. A mí, la verdad, aquello me pareció como cuando la Banda Municipal toca al comienzo del Pregón la marcha que ha elegido el que ese año da la cara en el atril para que le peguen luego las consabidas puñalás por la espalda. «Cofrades», por supuesto. El formato-pregón se impone en muchos actos públicos en Sevilla, eso de que las autoridades estén sentadas no en el palco principal, sino en el escenario. Y esto de una banda tocando una marcha entre intervención e intervención.

Pensé que quizá Plácido Domingo había elegido el «Sevilla» de Albéniz para el comienzo del acto que se celebraba en su honor, en el que la ciudad lo adoptaba. Y pensé también en Bécquer, en su rima: «Yo sé un himno gigante y extraño...» Lo sabe Bécquer, pero Sevilla no lo sabe. En Sevilla, tierra de himnos, nos falta el oficial de la ciudad. Tenemos el Himno del Sevilla, que arrebata a la afición e incluso nos emociona a los que profesamos otros colores cuando lo escuchamos cantar «a capella» a todo el campo de Nervión. Tenemos el Himno del Betis, que debemos agradecer («óle, óle, óle, Beti olé») a nuestro querido pregonero, compositor y padre de torero Rafa Serna. La Semana Santa tiene su himno. Oficioso, pero lo tiene: esa «Amargura» de siempre que ahora escribe la gente en plural, cuando es singular el repeluco que nos produce escuchar la marcha de Font de Anta, que parece que estás viendo andar sobre los pies al palio de la Virgen de San Juan de la Palma. O que parece que estás viendo los nervios del pregonero con su chaqué antes de adelantarse hasta el atril de los sustos.

Tiene himno oficial la Hermandad de la Esperanza, que como dice la letra de Joaquín Caro Romero «bajó del Cielo a Sevilla/ para hacerse Macarena» y que es de vellos de punta si la ha escuchado usted por una banda en forma de marcha cofradiera. Cruzando el río, yo he visto emocionarse a los hermanos de la Esperanza de la calle Pureza, proclamándola Reina, Madre y Capitana cuando a sus plantas se arrodilla Triana en la letra de la Salve Marinera que le escribió mi apreciado poeta Manolo Garrido.

Es decir, que, como exclamamos aquí: ¿será por himnos? Todos nos sabemos el himno del colegio. Y a los que hicieron la mili en Infantería no se les olvida el «Ardor guerrero» de un himno que tiene un hermosísimo verso que parece una película de Visconti: «Del esplendor de gloria de otros días». Pero Sevilla, ay, la ciudad de los himnos, no tiene himno. Ni ninguna música que, a modo de «Amargura» en las cofradías, funcione como himno oficioso. Ya que tan preocupado anda el Ayuntamiento con el escudo de la ciudad (y los podemitas con la Lobera, la espada de San Fernando), no estaría de más que entre todos adoptáramos el «Sevilla» de Albéniz como seña de identidad musical de la ciudad. En la vieja radio de EAJ 5 Radio Sevilla funcionaba como tal himno para abrir los informativos. Ahí queda la idea, quizá descabellada al primer intento. Pero aparte de un color especial y un calor que ni te cuento, Sevilla debería tener una música que identificara a la ciudad. Albéniz, que por cierto era catalán, como Narciso Bonaplata el inventor de la Feria junto con José María Ybarra, nos la dejó hecha.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos