El héroe Camacho

El mejor articulista actual de España es de Marchena y escribe en este periódico

Alberto García Reyes
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Los que nos dedicamos a rellenar columnas juntando palabras como buenamente podemos sentimos una extraña frustración placentera leyendo a Ignacio Camacho. Mientras todos los demás buscamos una frase ingeniosa o certera sobre el asunto que estemos tratando, él halla rayos de luz sin aparentar ningún esfuerzo. Siempre dice aquello que queremos decir nosotros y no hemos sabido. Y lo hace, además, cumpliendo el requisito supremo del periodista, que curiosamente coincide con el del artista: convertir en sencillo lo imposible. Dijo Julio Camba que un escritor de periódicos no necesitaba ir al bosque para escribir un artículo sobre el bosque ni a la nieve para escribir sobre la nieve. Lo que a su juicio diferencia a un articulista bueno de uno malo es que el bueno puede escribir sobre la nieve sin haberla visto nunca y explicársela a quienes viven en el Polo Norte. Siguiendo este razonamiento, Camacho es para mí el mejor articulista de este país porque después de haberlo leído mucho he decidido que cualquier cosa que él diga es fiable. Es decir, su gran patrimonio no es el acceso que tiene a las fuentes de información para opinar siempre con mucho conocimiento, o su glosario de vivencias personales, o su bagaje como extraordinario lector, o su capacidad para caminar sobre las huellas de la verdad. Su mayor fortuna, su renta vitalicia, es su talento.

El de Marchena presentó en Sevilla su nuevo libro, «Cataluña, la herida de España», por donde Camacho sangra su dolor como escritor comprometido con los principios de la libertad. Y hoy recibirá el premio de la Fundación Jiménez Becerril por su inexorable defensa de las víctimas del terrorismo. «El conserje nocturno del hotel Doña María oyó algo como un petardo. Pero no era un petardo. Era un disparo en la nuca de Alberto Jiménez-Becerril Barrio», comenzaba su crónica en El Mundo aquel plomizo día de enero del 98, que terminaba así: «A poca distancia, en la calle Don Remondo, bajo el pararrayos de la Giralda, un montón de serrín y un precinto policial testifican la siniestra realidad de que dos andaluces de bien ya no pueden levantarse cada mañana». El tiempo es la medida de todas las cosas. Hay crónicas ajadas por los años que ahora se leen con la distancia que se le suele dar a la mala literatura. Y hay también textos que se leen siempre como si fueran escritos para ese día. Que están hechos para narrar eternamente un momento concreto. Ése es el poder exacto de Ignacio Camacho: su vigencia. Él no es una moda, una tendencia, una ocurrencia de apenas unos cuantos caracteres, una opinión ventajista que busca lectores oportunistas. Él es un autor sin tiempo. Un escritor que cada mañana, cuando me echo a la vista su raya en el agua, me invita a dimitir del esfuerzo que supone escribir en las mismas páginas en las que se publica su nombre. Porque mucha gente no sabe lo angustioso que es ponerse delante del papel en blanco todos los días. Quienes escriben por gusto, a su ritmo, pueden ser magníficos. Pero quienes lo hacen por obligación, como Camacho, y siempre dan la talla, son héroes.

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