PUNTADAS SIN HILO

Guerra

La generación de Alfonso Guerra fue centrípeta, se alejó de los extremos, mientras la actual es centrífuga, abandona el centro

Manuel Contreras
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La designación de Alfonso Guerra como hijo predilecto de la provincia me parece muy acertada no tanto por el vínculo del dirigente socialista con su tierra, del que nunca ha hecho alarde, como por el reconocimiento que supone para una generación política a la que se le echa de menos no sólo en esta tierra de María santísima, sino en toda España. Guerra es un sevillano atípico, alejado de los tópicos al uso de simpatía y extroversión. Nunca ejerció el muy hispalense arte de la ojana; gasta, por el contrario, un humor ácido y una ironía perversa que le hicieron ganar más enemigos que amigos. Es muy improbable que hayan visto a este trueno vestido de nazareno, y menos aún bailando en una caseta de la Feria de abril. Aunque Gregorio Conejo aprovechó una encerrona en Alcalá de Guadaira para hacerle socio del Betis en 1989, cuando los verdiblancos penaban en Segunda división, ni siquiera en el fútbol se le conoce una concesión a los entusiasmos tradicionales de la ciudad. Es, como decimos, un sevillano singular, que lee a Camus mientras escucha a Mahler. Mucho más hijo predilecto que hijo pródigo.

La sevillanía de Alfonso Guerra es una cuestión anecdótica en su trayectoria política. El homenaje de la Diputación de Sevilla es un acierto, sin embargo, porque reconoce a una generación que hizo lo contrario de lo que los políticos actuales están haciendo con la misma edad. Guerra participó en el congreso de Suresnes con 34 años, fue diputado en el Congreso con 37, vicesecretario del PSOE con 39 y vicepresidente con 42. El país que hoy disfrutamos se debe a una camada política que en su etapa de treintañeros trabajaron para superar las diferencias que separaban a los españoles y luego, cuarentones y ya en el poder, se esforzaron para que la normalidad democrática supusiese modernización y pertenencia al proyecto europeo. Este progreso se cimentó sobre la Constitución, la aceptación del modelo territorial y el respeto a unas normas del juego básicas asumidas por los partidos.

La generación llamada a liderar España está en similar franja de edad —Pedro Sánchez y Soraya Sáenz de Santamaría 46, Pablo Iglesias 40, Albert Rivera 39, Alberto Garzón 31...— y el país va en la dirección contraria. El diálogo político, la gran herramienta que permitió la Transición, es prácticamente inexistente, y los partidos se rigen por estrategias cortoplacistas de proyección exclusivamente electoral. Ni siquiera las amenazas a la ruptura de la unidad de España permiten una mínima unidad de acción. La generación de Alfonso Guerra fue centrípeta, se alejó de los extremismos, mientras que los treintañeros de ahora son centrífugos, tienden a abandonar el centro. La política se ha plagado de frases hueras, de gestos de cara a la galería, de guiños sin recorrido. Quizás esto sea lo más triste: no sólo carecen del sentido político de Guerra, sino también de su ingenio. Y ya que no saben gobernar, lo mínimo es que tengan gracia.

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