EL RECUADRO

Giralda verde

Que no presumen tanto los sevillistas en la rojez de la torre, que pronto los béticos han de tener una gran alegría

Antonio Burgos
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Pusiéronse muy contentos los sevillistas cuando los restauradores que están sacando de brillo nuestra Torre Mayor por feliz acuerdo del Cabildo Catedral, al concluir sus trabajos en la fachada de Poniente dijeron que en sus comienzos la Giralda, «madre de artistas,/molde de fundir toreros», era toda de color rojo. Algo así como el Sánchez Puzjuán, pero sin rampa 16 dedicada a la indeleble memoria de Antonio Puerta. Los arqueólogos daban la razón a la antigüedad del «club decano», al comprobarse que la ciudad ya lucía sus colores antes de que fuese fundado. Pero como Sevilla está visto y demostrado que es ciudad dual, Narilargo y Rascarrabia, los duendes de la muralla de la Macarena, que llegaron con Julio César y no se apuntaron de armaos en la Centuria por cuestión de la lista de espera que entonces tenía ya Fernando Vaz su capitán, me han aclarado que no presuman tanto los sevillistas en giraldescas cuestiones de la rojez de la torre, que pronto los béticos han de tener una grande alegría. Me lo han dicho cuando, desmontados los andamios de la cara de Poniente que hace tan hermosa a la torre cuando se la ve desde las localidades con derecho a Giralda de la plaza de toros del Arenal, han empezado a colocarlos en la cara Sur, la que da al Alcázar y a la Plaza del Triunfo. Por su teléfono móvil (porque los duendes de Sevilla son tan modernos que tienen hasta teléfono móvil, de prepago porque andan cortitos de jurdó), me llamaron y dijeron:

— Llame usted al director de su Real Academia Sevillana de Buenas Letras, al muy ilustre arabista profesor don Rafael Valencia, y pregúntele por algún especialista que le pueda dar detalle de lo que nos olemos: que la cara Sur de la Giralda, igual que la de Poniente era palangana, nos va a salir verderona total: vamos, como el himno del padre del torero Rafita Serna. Que Valencia le recomiende un buen especialista, pero no del Seguro, sino privado, de Sanitas de la Historia por lo menos.

Y díjomelo. Me dio el nombre de una autoridad histórica de Tetuán, Cid Copicón, que tiene muy estudiado el asunto de la Giralda y de sus hermanas allende el Estrecho, como la torre Hassán o la Kutubiya. Me gasté un dinero en «roaming» con Marruecos, pero el profesor Cid Copicón, de la Universidad de Tetuán y un poquito de la de Larache, me aclaró lo que llenará de contento a los partidarios del Glorioso de las 13 barras, 13. Díjome más o menos así:

«Es completamente natural que los arqueólogos hayan descubierto que la cara de Poniente del alminar almohade de Ixbiliah fuese de color rojo. Téngase en cuenta que el mayor colaborador de Ben Baso fue su aparejador Al Palangán, sevillista rabioso, Biri total. Tras los triunfos en la Copa de Europa de la época, Al Palangán convenció a Ben Baso que le diera a toda esa cara del alminar una buena mano de pintura color Rojo Pizjuán, y así lo «cuentan las lenguas antiguas» que he estudiado en la biblioteca de Marrakech. Pero en esa misma biblioteca he hallado los documentos originales coetáneos de la Batalla de Alarcos, que revelan la tostá que se han olido Narilargo y Rascarrabias, quizá testigos oculares del hecho. Fue que al rematar esa cara roja del minarete almohade, Ben Basó se enfadó con su aparejador Al Palangán por una faena que le hizo, y lo despidió. Y aunque lo llevó a Magistratura, nombró para la cara Sur a otro ayudante, muy pinturero también, que se llamaba Benbilla Marín, quien al terminar las obras, daba saltos de alegría, haciendo cantar al almuédano o muecín en su jámala, jámala desde lo más alto del alminar: «Óle, óle, óle, Beti olé». Cantado lo cual, fuese a Al Roy Merlín y se trajo tres carros de pintura verde. Y cogió a toda su Peña Bética del Patio de los Naranjos, que haberla habíala, les dio a cada socio una brocha gorda, y pusieron toda la fachada Sur de un verde que daba gloria verlo y que pronto habrán de descubrir los arqueólogos restauradores. Dejaron la cara Sur de un verde que relucía no más que el sol, sino más que Del Sol, Gordillo y Rogelio juntos». Así me lo contaron. Así lo cuento. Y Sanseacabó.

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