ECONOMISTA EN EL TEJADO

Galería de heterodoxos (Y III)

Para los valores actuales, Darwin resulta un machista redomado

Manuel Ángel Martín
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«Ponme un trepador», y la copita o «pajarita» se servía de una botella adiamantada con una recargada etiqueta en la que reinaba un relajado antropoide. El destilado de matalahúva de origen badalonés fue siempre amigo de proletarios y clases medias, y ha producido pintorescas leyendas urbanas. La más verosímil y sugerente es que la cara del mono no es otra sino la de Charles Darwin, un genio de la ciencia, pero sobre todo un heterodoxo que aún sigue y seguirá dando polémica y prohijando un término casi insultante: «darwinista». Al sabio se le ocurrió la revolucionaria teoría de la evolución biológica de las especies en un proceso de selección natural en el que sobreviven los más aptos. De joven se embarcó unos añitos en el Beagle y se dio una vueltecita por el mundo a la búsqueda de evidencias empíricas como todo científico que se precie. En 1859 publicó «El origen de las especies» y ya dejó bien caliente el conflicto con fundamentalistas, creacionistas, sociologistas, conciliadores, y otros muchos «ortodoxos» dispuestos a la pelea. Para los valores actuales, el naturalista Darwin resulta un «biologista» y, peor aún, un machista redomado que en 1871 se permitía afirmar que el hombre es superior a la mujer, «tiene una genialidad más inventiva. Su cerebro es absolutamente más grande». Casi contemporánea fue otra lumbrera, Sigmund Freud, que necesita también una «pasada» por la perspectiva de género, con lo difícil que es hacerlo sin menoscabar su categoría científica. Pero yo quería aquí referirme principalmente a un genio de la socioeconomía, bien que maldito y heterodoxo, como es mi admirado Heriberto Spencer que comparte cementerio londinense con Marx y que es acusado de inventor del «darwinismo social», o sea que no sólo son las razas, naciones, colectividades más aptas las que sobreviven, sino que es bueno que sea así por el bien de la especie.

Dos actitudes parecen absurdas. Una es la de negar lo que de cierto pueda existir en el gobierno de los mejores y en los beneficios colectivos de la competencia. El espectáculo del darwinismo de signo contrario que padecemos con los menos aptos en los puestos de más poder político y económico es buena muestra de la perversión de esa negativa: todo el mundo sirve para todo. La segunda actitud es la de renunciar a nuestra cultura humanista y solidaria de proteger y ayudar a los incapaces. Por razones éticas, y por razones egoístas. No sabremos si nuestros amigos, descendientes, o nosotros mismos seremos alguna vez «menos aptos». John Rawl proponía una solución más imaginaria que real: el «velo de la ignorancia». Plantear políticas para la sociedad como si no supieras si vas a ser rico o pobre, hombre o mujer, blanco o negro, enfermo o sano. Antes de nacer. Pero no olvidemos a los heterodoxos: el mono Darwin del anís lleva un letrero que dice: «Es el mejor. La ciencia lo dijo. Yo no miento.»

@eneltejado

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