LA FERIA DE LAS VANIDADES

Fundaciones perversas

Una fundación que se gasta el 88% del dinero en sueldos es la mejor manera de ejercer la beneficencia… con los que ganan las elecciones

Francisco Robles
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Que nadie se alarme por el título. Que no se enciendan las luces rojas que aparecen en las márgenes de las carreteras y las autovías cuando la noche despierta a la fiera que algunos llevan dentro, incluidos los que pagan el alivio con la tarjeta black que debería ser tarjeta roja en cuanto te pillan in fraganti. El título del artículo no tiene nada que ver con las perversiones de la entrepierna o del cerebro, que es donde verdaderamente están, sino con el objetivo al que están destinadas las fundaciones de la Junta de Andalucía.

En Estados Unidos, por ejemplo, lo tienen claro. Una fundación es un organismo que funda un señor o una señora que ha triunfado en la vida, y que quiere devolverle a la sociedad una buena parte de lo que la sociedad le ha dado. Eso es admirable, empezando por el hecho de triunfar y de ganar dinero. Aquí sucede lo contrario. Al que asoma la cabeza, se la parten de un garrotazo. Solo hay que ver las críticas que recibió Amancio Ortega por donar aparatos de radiología al SAS para curar los tumores que no son tan malos como los ideológicos. Allí admiran al triunfador y aquí lo envidiamos, lo cual nos ofrece la clave del desfase: allí son ricos por eso, y aquí no lo somos por eso mismo.

Una fundación de verdad no ha de recibir fondos públicos, sino todo lo contrario. Una fundación de verdad ha de nutrirse con el parné que gana una empresa, con la fortuna de un empresario que ha roto moldes con su ingenio, su valor y su talento. Es una forma de redistribución de la riqueza donde el individuo, y no el papá Estado, decide el fin al que debe ir destinado su dinero. Pero ese noble ejercicio filantrópico se pervierte en Andalucía cuando es la misma Junta quien crea fundaciones a diestro y siniestro. Eso es algo absurdo. Contradictorio. Paradójico. ¿Por qué se crea una fundación con dinero público?

La pregunta no es retórica porque tiene respuesta. Se crean esas fundaciones para saltarse los controles más férreos y para colocar a los afines. Ni más, ni menos. Se amasa la pasta con la harina de todos y se reparte en forma de porciones que contenten a los que mantienen las estructuras del partido que no se ven. Los que hacen propaganda en sus bloques, en su barrio, en su asociación. La larga mano del Régimen llega a todas partes, porque en todas partes hay alguien defendiendo la labor de la Junta mientras el personal se toma una cerveza o un café, mientras los niños juegan a la pelota o los mayores le dan a la petanca. Ese es el secreto de los cuarenta años de poder que llegarán ya mismo.

Fundaciones, observatorios, gerencias, institutos, agencias de lo que sea. El caso es colocar a la gente que luego irá derramando la esencia de la propaganda donde quiera que vaya. Arrimar votos. Uno a uno. O de dos en dos. La perversión de estas fundaciones llega a lo kafkiano, pero así funcionamos aquí. Estructuras paralelas y argumentos para lelos. A cobrar, que son dos días o cuatro años multiplicados por diez. Y el último, que apague el ordenador donde aparece el balance: una fundación que se gasta el 88% del dinero en sueldos es la mejor manera de ejercer la beneficencia… con los que ganan las elecciones. Que es de lo que se trata.

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