Las flores del bien

Hoy hace veinte años; Alberto y Ascen tienen cuatro nietos. Qué son veinte años en el tiempo sin tiempo de los muertos. «Reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida» (Miguel Hernández)

Ignacio Camacho
SEVILLAActualizado:

TEMPRANO madrugó aquella maldita madrugada, temprano comenzaron a sonar los teléfonos. Temprano se llenó la ciudad de sirenas y de luces azules, temprano se vistió de luto el andén del Ayuntamiento; temprano se alzaron las solapas de la noche, húmeda de lluvia y de lágrimas; temprano se precipitó el alba, destemplada de rabia y de desconsuelo. Era temprano para todo en aquellas horas inciertas, desordenadas, perplejas: temprano para el dolor, temprano para la zozobra, temprano para el miedo, temprano para la vida recién desabrochada y sobre todo temprano, demasiado temprano para la muerte de Ascensión y de Alberto, cadáveres jóvenes tendidos en la calle junto a unas flores desparramadas por el pavimento. Tres flores, una para cada uno de sus hijos que aún dormían y que al día siguiente debían llevarlas a una fiesta -del día escolar de la paz, mirad qué ironía- en el colegio. Hoy hace veinte años, veinte punzadas de ausencia apenas aliviada por la caricia de los recuerdos. Alberto y Ascen tienen cuatro nietos y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos ni nunca lo seremos. Nos queda la memoria, el testimonio de la experiencia del sufrimiento. Contra la resignación, contra el extravío, contra el desaliento, contra la tergiversación, contra la comodidad conformista del silencio. Qué son veinte años en el tiempo sin tiempo de los muertos.

Todas las víctimas son iguales, todas duelen lo mismo porque todas cayeron en nuestro nombre y en nuestro nombre fueron elegidas por los asesinos. Pero por eso cada una de ellas se eleva como un símbolo de las demás ante sus allegados, ante sus vecinos, ante sus familias, ante sus amigos. Quizá esa condición universal de la muerte aleatoria que administraba fuese lo que acabó derrotando al terrorismo: cuando decidió «socializar» el martirio, ETA hizo despertar una conciencia civil dormida, una sacudida de rebeldía y hastío. Fue en los años de plomo, en los días de angustia sin respiro, cuando la sociedad española entendió que su libertad dependía del coraje con que se resistiera al sacrificio.

Sólo hay un día del año, el 10 de noviembre, en que no se conmemore un atentado. Cada uno de nosotros guarda su propia memoria del horror y del llanto inscrita en ese siniestro calendario. El 30 de enero es una efeméride grabada en el corazón de los sevillanos: la de la noche en que su inocencia colectiva, su ingenua sensación de vivir en paz, se rompió con el eco de dos disparos. Eso es lo que no vamos a olvidar ni perdonar: no habrá eufemismos que blanqueen el relato ni emplastos que disimulen la verdad del holocausto. Para que los nietos del matrimonio Jiménez Becerril sepan siempre cuánta sangre y cuánta amargura costaron que aquellas flores de paz compradas para su madre germinasen en el adoquinado.

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