MEMORIA DE DICIEMBRE

Figuras

Mi primer Nacimiento lo montaron las manos de diciembre, aunque yo tardara en saberlo

Antonio García Barbeito
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Antes de que el barro llegara, llegó la carne, llegaron los huesos; antes de que el silencio fuera, fueron las voces, fue la palabra, el aliento; antes que la quietud, fue el movimiento. Y antes de tener que fingir el río en un cristal, fue el río. Y antes de que el papel se abultara para parecer monte, fue el monte. Y antes de que el serrín fingiera tierra, la tierra estaba. Pellas de verdina, palitos como hincos y guita como alambrada vallando minifundios; ramitas como árboles, piedrecitas como rocas. Pero los personajes, sobre todo los personajes…

Mi primer Nacimiento lo montaron las manos de diciembre, aunque yo tardara en saberlo. De niño me quejaba sin voz de no tener figuras de un Nacimiento, porque para el Niño, ya lo hemos dicho, el primer Nacimiento no es un milagro, es un cuento vivo que admite todas las variantes de guión, de composición en la escena, de decorado. Diciembre vino, sobre todo, a traerme personajes para mi primer Nacimiento. Por eso, mi Nacimiento tiene el hombre que vendía almendras tostadas, media lengua que apenas conseguía repiquetear las erres; y la mujer que venía desde su pueblo a la tribu con una cántara de miel y otra de meloja, como dos colmenas de hojalata, pregón dulce y espeso que desde el cazo con el que lo despachaba caía en los tarros de cristal como un reptil medio dormido; y aquella quincallera solterona que envejecía tras una espesa capa de polvos que le sembraban de efímera y mentirosa juventud las arrugas, una falsa juventud que no conseguía pasar el fielato de las manos, tan alhajadas, amable mujer, siempre temblándole la esperanza de un casamiento en los perfiles de su coquetería… Y el hombre del cisco, que iba negro por la negra noche, sobre el negro burro, cuasi oculto entre los negros sacos, y traía —eso le parecía al niño— una exagerada carga desde el fondo de algún negro lapizar. Y por la calle andaba el afilador, con aquella bicicleta convertible en banco de afilado; y por la calle andaba, humo y estaño, asomado a los fondos de los cubos, las cacerolas, las ollas, el hojalatero. Por los cuartos de mesa camilla y ventana a la calle, pastoras de madejas, las muchachas que se daban a la labor de puntos de lana. Y el chaval que, tiznadas las veras de la boca de sisar de su esportilla, pregonaba piñones tostados y al que se le derramaba por las calles un alto olor a pinares. El Portal, la tribu: allí el río, el puente, las casas, los cerros. Y allí el pastor, y el hombre que vuelve del pinar cargado de chamizas… Y yo mirándolo todo, sin saber que miraba mi primer Nacimiento. El más hermoso.

antoniogbarbeito@gmail.com

Este artículo fue publicado el 7 de diciembre de 2014

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