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LA TRIBU

Dos espectáculos

La semana de camino, el mundo se divide en dos partes, Gines y Villamanrique

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Yo sé que hay más, pero aparto dos como ejemplo, como excepción. Yo sé que cada lugar cree que lo suyo es lo más grande, y tiene su razón subjetiva. Pero cuando hablo de espectáculo —y hablo de lugares míos— es por haberlos visto muchas veces y haberlos comparado con los demás. No diré, como la letra de la seguiriya, que «el que no huela a clavito y canela / no sabe istinguí», no. Lo que digo es que si hay alguien que no lo crea, que vaya a comprobar si es cierto o no lo que decimos.

Dos espectáculos, cada uno a su manera. Uno, más numeroso, más universal, con más ritmo de camino y prisas, más aparatoso; el primero, único. Uno de los espectáculos sucede en uno de esos pueblos que tienen algo mágico en la tierra, en las calles, y sobre todo, en su gente. Hablo de Villamanrique de la Condesa. A Villamanrique hay que ir a ver el paso de las hermandades rocieras —¿para cuándo van a dejar los del pueblo la idea de adornar la Plaza como en un Corpus rociero, adelantando pinares y monte bajo en esos adornos, palos blanqueados con cal, arcos de arbustos, cadenetas del campo y banderas al aire, banderas de fiesta grande, que lo es?—, a disfrutar del recibimiento que los manriqueños dispensan a los rocieros que cantan la última Salve a las puertas de una iglesia y van a adentrarse al paisaje infinito y maravilloso del último tramo de la romería. No se cabe en la Plaza —ese día, no hay más plaza que la Plaza— de Villamanrique, entre carretas, Simpecados, caballistas, romeros a pie, cantos, rezos, vivas, cohetes, repique de campanas… Hay que ir a verlo, miércoles o jueves, o los dos días. Ir a Villamanrique esos días es adelantar la visión magnífica del encuentro con la Virgen. Y el otro sitio —el sitio—, está en mi alma: Gines. Hay que conocer la salida de Las Carretas de Gines. Mañana del miércoles, misa, campanas, carretas, caballos, gaita y tambor, palmas, coplas propias, vivas, luz, color, alegría, explosión de la primavera con la palabra Rocío en la boca. Temprano hay que ir, para verlo todo —misa de romeros incluida— y para coger buen sitio. Quien no hay visto salir a la gente de Gines para el Rocío, tiene pendiente más de medio Rocío. Son las mismas coplas, con ese mismo cansancio, con ese mismo dejillo, tan despacio, tan despacio… La Plaza, la calle del Aire, la calle del Buey, el Barrio… No hay espectáculo como ese, y «unas carretas vestías / que van bajando la calle; / son como alcobas de novia, / como balcones del aire…» La semana de camino, para muchos corazones que conozco —entre ellos, el mío—, el mundo se divide en dos partes, Gines y Villamanrique. Ay, Rocío.