LA TRIBU

Qué envidia

No hay charla a la que no vayan, premio al que no acudan ni presentación que se pierdan...

Antonio García Barbeito
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Me decía el amigo que él tendría que ser o muy vago o muy aburrido, o muy comodón o muy no sé qué, para sentirse incapaz de estar en todos los sitios a la hora en la que está la gente, para lo que la gente está y haciendo lo que todos hacen, convencido, además, de que o se hace eso o no se está en son. «Las envidio, de verdad; envidio a esa gente que puede con todo, que todo lo vive como si fuera la última oportunidad de vivirlo, que no se pierde una, tenga o no tenga, pueda o no pueda.»

El amigo entiende el montaje del Nacimiento y los cuatro, o cuarenta, bandazos para ir a comprar los regalos de Navidad y aun organizar alguna comida, pero reconocía que en cuanto llega lo que él llama «los papelillos y los petardos», ya empezaba a hacérsele cuesta arriba la cosa. He pensado en el amigo en estos días en los que no sales de un traje cuando ya estás metido en otro; no has terminado la cerveza de un acto cuando ya estás entrando en otro acto; y, en fin, vas de un sitio a otro como si ese fuera tu único quehacer. Para todo; algunos tienen para todo. «Qué envidia les tengo, de verdad.» No hay charla a la que no vayan, premio al que no acudan, presentación que se pierdan, tertulia taurina mañanera, tertulia taurina de mediodía, copita tras la corrida en la Maestranza, vueltecita por la Feria a ver cómo va el arreglo de la caseta, viaje a Múnich a ver al Sevilla, el sábado, otra vez al fútbol. Y a los toros otra vez, vámonos que nos vamos, que a ver cómo me voy a perder ese cartel… «¿Y la siesta?», se preguntaba el amigo. Con los días de frío y de lluvia, «¿no hay una mano que tire de ellos para una siesta, ver los toros por la tele, enterarse por la prensa de los actos, organizar la cervecita en casa, calentito y entre amigos? ¡Qué envidia, por Dios…!» Y lo bueno de todo esto es que en todas partes están en perfecto estado de revista, así en el campo de fútbol como en la plaza de toros, en la sala de charlas como en la Feria, en el bar de la tertulia del mediodía y en el de la noche, como por la calle, que así vistió la Semana Santa y todos sus alrededores. El amigo no sirve, y lo reconoce: «Recuerdo tardes espantosas de toros, mosquitos, sed, cansancio y aburrimiento; y días de Feria que te dejaban roto el cuerpo; y listas de actos que no te daban respiro; y días de fútbol, de copas y de horas y horas de pie, y, si lo pienso bien, no los envidio. Puedo llegar a admirar su capacidad, su aguante, su poder estar en todas partes y hacerlo bien, pero hay tardes, hay noches, hay mediodías en los que no cambio por nada un sillón de casa, mi cama, mi mesa camilla.» Ni yo.

antoniogbarbeito@gmail.com

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