CARDO MÁXIMO

Educar en la universidad

No hay ninguna evidencia científica de que la instrucción separada de niños desemboque en desigualdad de adultos

Javier Rubio
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El Tribunal Constitucional ha dictaminado que los colegios en que estudian alumnos de un solo sexo pueden mantenerse con fondos públicos exactamente como los centros educativos donde se forman alumnos de ambos sexos. Se acabó lo que se daba. El varapalo a la Junta de Andalucía es de los que hacen época y dejan temblando porque atacan de raíz la base de la argumentación en que se basaba el recurso del Gobierno autonómico a la Lomce. A la espera de conocer la sentencia, los magistrados (por mayoría de 8 a 4) han basado su decisión en que la normativa internacional no considera discriminatorio que existan escuelas diferenciadas por sexos. «La enseñanza mixta es un medio, no el único, de promover la eliminación de aspectos de la desigualdad por razón de sexo», fue la consideración del Supremo que ahora parece admitir el Constitucional.

No hay ninguna evidencia científica de que la instrucción separada de niños y niñas desemboque en comportamientos discriminatorios con mayor proporción que en escuelas mixtas. Ninguna. Antes al contrario, existen estudios en Suecia y el Reino Unido que certifican la ventaja competitiva que adquieren las alumnas en el periodo crítico de la pubertad cuando se ven liberadas de la mirada escrutadora de los compañeros de pupitre. Pero durante años se nos ha trasladado la idea de que no puede haber otra forma de enseñar a los chavales que mezclados niños y niñas. Eso es lo que ha saltado por los aires con la sentencia del Constitucional.

El punto final que ha dictado el supremo árbitro de la Constitución debería ser el inicio de una etapa libre de prejuicios en torno a la diferenciada. Cuesta trabajo creer que la confederación de asociaciones de padres haya saludado el fallo desbarrando: «Fallos como éste nos hacen dudar de la independencia del poder judicial sobre temas eminentemente ideológicos, sin base científica». ¿Cuál es la base científica en sentido contrario para justificar que sólo la educación mixta garantiza la igualdad de sexos en la edad adulta? «¿Qué será lo próximo? ¿Legalizar la financiación pública de centros para alumnos con un determinado coeficiente intelectual o centros de excelencia?, ¿separar al alumnado por nacionalidades?, ¿escuelas para familias con distintos niveles de renta?», se ha preguntado retóricamente un portavoz arrimando toda la carga de demagogia que ha sido capaz de acopiar.

Educar en la diversidad es también admitir que no hay un único modelo pedagógico que haya que imponer a una sociedad diversa en sus credos, sus costumbres y sus comportamientos. Es, en el fondo, primar la libertad de los padres que es de lo que se trata.

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