Antonio Burgos

Desayunar en la calle Antonio Burgos

En el más modesto bar tesirven el desayuno con una exquisitez y un servicio que me río yo del Ritz y del Palace

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ES lástima que, al modo de la lista de los más ricos de Forbes, donde siempre sale Amancio Ortega o de las marcas del Guinness, de estas cosas no haya estadísticas. Hablo de la costumbre, sevillanísima, de desayunar en la calle. Si esas encuestas que echo en falta existen y no demuestran lo contrario, me pongo lo que sea a que Sevilla es la ciudad del mundo donde más se desayuna en la calle. Los americanos, como estamos hartos de ver en el cine y en las series de televisión, tienen el «desayuno en familia», como el rosario del Padre Peyton. Todos, padres e hijos, se sientan en la mesa de la cocina para tomarse su buen tazón de cereales, sus tostadas y ese café que ni es café ni es ná, al que llaman «café americano», que es, ¿cómo les diría yo?, aguachirle con un remoto indicio de que allí hubo una vez unas briznas de granos tostados y torrefactados de lo que aquí es la gloria de ese Catunambú espumosito y humeante, con su leche justa, servido en taza, vamos a dejar los vasos para el té moruno con yerbabuena.

Se habla mucho de la Cruzcampo como «la espumosa», pero ¿dónde me dejan la espumita de ese Catunambú al sevillano modo por encima en la blanca taza? Hay bares donde te lo sirven artistas de la máquina de café, en este mundo encapsulado y adocenado del Nespresso, que te dan ganas, como en el anuncio, de tirarle encima un piano de cola al que te lo pone en lugar de nuestro caracolillo de toda la vida. En la Velá de Triana hay concursos de tiradores de cerveza. Yo animo a los amigos de Catunambú a que convoquen un concurso de tiradores de café: un café bien tirado en la máquina tiene su arte inigualable y no es que los sevillanos seamos exagerados; es que aquí se sabe hacer café como en ningún lugar del mundo. Quitando capitales caribeñas del otro lado de la mar oceana, como La Habana o San Juan de Puerto Rico, no creo que haya una ciudad en el orbe más cafetera que Sevilla. Por eso, quizá, los sevillanos somos tan aficionados a desayunar en la calle. En la casa, deprisa y corriendo, no se desayuna en familia, al americano modo, sino que cada cual lo hace como y cuando puede. Los niños se toman su colacao y sus cereales o sus nocillas y corren al colegio. Y los padres, directamente toman sólo el que aquí siempre se llamó «café bebío»: café pelado y mondado, por contraposición al «café migado», que era el buen tazón de café con leche con los sopones del pan duro que había sobrado del día anterior.

Aquí no hay rito familiar del desayuno en casa porque la verdadera liturgia del desayuno está en el bar. ¿No hay un rito mozárabe de la misa? Pues hay un rito sevillano del desayuno en el bar. Lo he comprobado en mi diaria caminata mañanera cardiosaludable. Con toda su globalidad, los amigos de Restalia han adoptado en Los 100 Montaditos el rito del desayuno a la sevillana. He visto en Reina Mercedes el anuncio del cartelón en la puerta, y aquello así de estudiantes desayunando: «Tostada de mollete y café»... tanto. De montadito, nada: mollete que te crió. El mollete es la estrella del sevillano desayuno en la calle. Junto a toda una galaxia de panes: campesina, viena, andaluza, prieto, integral o uno nuevo que me llena de orgullo del pueblo de mis mayores: el mollete del Viso. Del Alcor. ¿Y el trabajo que tiene servirte un desayuno completo, por 1,80 o 2 euros? ¿Dónde va a usted por 2 euros a tener a un señor que le hace el café a su gusto, le tuesta el pan de su preferencia, le añade aceite, o manteca colorá, o con tropezones, o mantequilla, o tulipán, o pringá, o paté, o serrano, o York, o zurrapa, todo con o sin tomate y al final, sin pedirlo, le pone un vaso de agua fresquita? En el más modesto bar te sirven el desayuno con una exquisitez y un servicio que me río yo del Ritz y del Palace. Hay toda una cultura de la tostada y del café que confirma la tesis sociológica. Tanto vive el sevillano en la calle, que de momento arranca el día desayunando en ella, en el bar, en cuantito se escapa un cuarto de hora del trabajo. Y eso sin meternos en los calentitos del desayuno en el Bar Centuria, que se merecen por sí solos un capítulo aparte...

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