EL RECUADRO

Derecho de admisión

En Elespó no era necesario un portero de discoteca: entraban los que tenían que entrar, aun no siendo un club de socios

Antonio Burgos
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Comentando ayer la ejemplar restauración del azulejo publicitario del Studebaker de la calle Tetuán que ha hecho la Joyería Chico al rehabilitar el edificio, y recordando el bar que anteriormente estuvo en esos bajos, decíamos: «¡El Sport! Qué memorial sevillano merece aquel bar...» Pues vamos al turrón, para conocimiento de las jóvenes generaciones y evocación de las veteranas. Cuando Juan Suárez abordaba la rehabilitación de la joyería, me pidió datos gráficos para hacer el interior lo más parecido al antiguo bar, y sólo pude aportarle las ilustraciones de mi «Guía Secreta de Sevilla», publicada cuando aún estaba abierto aquel templo de una Sevilla que ya no existe.

Lo más curioso de todo en «Elespó» (como recuerda don Luis Suárez Ávila que se pronunciaba «The Sport» a la sevillana) era lo que, haciendo su historia, ha resumido Luis Carlos Peris: «Era un bar abierto al público, pero a nadie se le ocurría entrar. No necesitaba de apelar al derecho de admisión para que la clientela fuese la de todos los días, una mezcla de señoritos, agricultores de éxito, ganaderos de bravo, nadie que fuese extraño a la causa». El más insólito ejercicio del derecho de admisión. Ahora en los bares de copas y en las discotecas, para dejar pasar o no, ponen unos porteros como armarios de dos puertas, de corbata y terno negros, que parecen ayudantes de capataces: sólo les falta la medalla de la hermandad al cuello. Esos porteros filtran al personal. En Elespó no era necesario un portero de discoteca: entraban los que tenían que entrar, aun no siendo un club de socios como Los 40. La gente sabía que si no pertenecía a cierta clase social o sus islas adyacentes, no debía entrar. Peris ha recordado a algunos de estos habituales que tenían todo derecho de admisión: «El torero Luis Fuentes Bejarano, los agricultores Fernando Cámara, Álvaro, Francisco, Pedro Luis y Antonio García Carranza, Pepe Cova, Salvador y Juan Guardiola solían ser de los habituales. También toreros como Pepe Luis Vázquez, Antonio Ordóñez, Diego Puerta cuando se casó con María del Rocío García Carranza o Curro Romero». En el interesante blog «Viñamarina» del poeta Aquilino Duque he hallado un texto de don Luis Suárez Ávila que es como ese memorial de Lespó: «Tenía dos fachadas a la calle Tetuán. En la principal, su puerta, su cristalera y, en medio, el anuncio del coche Studebaker. En la otra fachada, tan sólo una puerta y, sobre las dos, dos letreros en cristal pintados de azul oscuro, con las letras doradas, en los que campeaba el nombre comercial: «The Sport». En el interior, la estantería de madera, barnizada, oscura con botellas de marcas bajoandaluzas, jerezanas, portuenses y sanluqueñas, que presidía el local. Delante, una barra a tres bandas, con su reposapiés y su reposacodos de metal, impecablemente brillantes. Un zócalo de madera y acaso seis mesas con cuatro sillas cada una de madera con asientos tapizados de guatapercha, completaban el mobiliario. En uno de los paramentos, el vertical a la fachada principal, estaba colgada, enmarcada una reproducción del cuadro de la Feria de Sevilla de Valeriano Bécquer que había en la calle San José en casa del Conde de Ybarra. La casa tenía un bárman, con el pelo envidiablemente blanco y cuidado, vestido chaqueta blanca y corbata negra sobre la que llevaba un alfiler con el hierro de la ganadería de Don Fernando de la Cámara y Gálvez. Había, en «The Sport», además, un limpiabotas gitano, de la Cava, pariente de Cagancho y de «El Bengala». El dueño era don José Guillén Beso, «Pepe el del Sport». Como en El Aero, en el Lespó no entraban las mujeres. Recuerda Suárez Ávila: «—¡Tu mujer!, decía cualquiera. Y es que las señoras, como no podían entrar en Elespó, se paseaban prudente y despaciosamente por la acera de enfrente, para ser vistas por sus maridos cuando salían de misa de 1 del Santo Ángel o de la Capillita de San José. «¡Tu mujer!» era la señal inequívoca de que el parroquiano de Elespó tenía que abandonar sumisamente su asiento de gutapercha, pagar la consumición y salir pitando para adelantar e incorporarse a la vera de su mujer». Toda una época de Sevilla, cuyos reflejos memoriales aún se siguen reflejando en el brillo como nuevo del azulejo de Lespó en la Joyería Chico.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos