Javier Rubio - CARDO MÁXIMO

Condolencias Javier Rubio

La muerte es el gran igualatorio social. No hay mejor representación que la guadaña que enrasa la hierba que siega

JAVIER RUBIO Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Condolerse es la forma más simple de mostrar empatía con el prójimo. Desprovista de ribetes ideológicos o religiosos, simplemente hacemos patente el dolor que nos supone el sufrimiento de un semejante. Las condolencias se presentan a los deudos y afectos de la persona fallecida, a la que ya le importa una higa todo lo que digan o dejen de decir de ella, dónde la pongan y qué hagan con su cuerpo. Aquí paz y después gloria. Expresar las condolencias es un ejercicio de compadecimiento con los demás al ponernos en el lugar en el que nosotros mismos llegaremos a estar irremediablemente: en el hoyo del que nadie escapa. Por eso, la cortesía —que es el aceite de las relaciones sociales para que no rechinen los cojinetes de la urbanidad— impone el pésame y las elaboradísimas costumbres funerarias con las que se acompaña a los dolientes en un trance tan amargo.

La muerte es el gran igualatorio social porque da alcance a los ricos lo mismo que a los pobres, a los sabios como a los necios y a los creyentes igual que a los descreídos. No hay mejor representación de esa igualdad radical que la guadaña con que se la pinta, porque siega la hierba al mismo ras, no importa lo crecida que estuviera, lo verde que hubiera brotado o lo reseca que la hubiera dejado la falta de lluvias. El vaivén armónico del apero de labranza es un potente recordatorio de que llegará el día en que nosotros mismos caeremos como brizna que se troncha al contacto con su filo. No hace falta recordar que los días del hombre son como hierba, que verdea por la mañana y a la tarde se agosta.

Por eso sorprende el empeño de algunos en despojar a sus semejantes de la consideración humana para trascenderla convertidos en símbolo. De lo que sea. Tanto de lo bueno y noble que hay en el corazón como de lo más abyecto y ruin que anida en el alma del hombre. A Rita Barberá le han aplicado del revés la fama póstuma de la que hablaba Mariano José de Larra como característica patria. En realidad, esa fama de los muertos no es más que la otra cara de la moneda de la envidia, pecado nacional donde los haya: se habla bien de los muertos porque ya no hay nada que envidiarles, ¡pero de los vivos, ay de los vivos! A la exalcaldesa de Valencia la han convertido algunos en paradigma de la corrupción volcando sobre su memoria —con el cuerpo aún caliente en la cama del hotel— un cubo pringoso y pestilente de denuestos morales como si los demás, incluyendo la pandillita de puros, estuvieran por encima de cualquier reproche posible.

Ha muerto una mujer. Ni más ni menos. Exactamente de la misma naturaleza, esto es de la misma pasta moral, que la más piadosa de las monjas del beaterio o que la más depravada asesina de ancianitas. Los que no se conduelen con el fallecimiento de alguien —así se haya comportado en vida como una fiera corrupia— es porque se creen ellos mismos a salvo del gañafón de la Parca. No saben lo equivocados que están.

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