LA TRIBU

Complejo

Quemad las palabras, los versos de los poetas. Secadles los ojos a quienes pasean la ciudad piropeándola con la mirada

Antonio García Barbeito
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No se me ocurrirá decirle a la Giralda algo de aquello de Hernández: «Por tu pie, la blancura más bailable, / donde cesa en diez partes tu hermosura, / una paloma sube a tu cintura, / baja a la tierra un nardo interminable…» No lo hago porque alguien habrá que, con razón, me diga que estoy piropeando a la Giralda, esa mujer de piedra, y a las mujeres, ni mirarlas. Ya saben el plan. Como para rogarle a alguna que recite el soneto de Rafael Alberti: «Cúbreme, amor, el cielo de la boca / con esa arrebatada espuma extrema…» Ojú, como Echenique llame a Dominga…

A Sevilla hay que considerarla mujer, así que prohíban los piropos a Sevilla de Waldo Frank, «…Sevilla crea damas y altares para su propio deleite. Vagad por sus calles, comulgad en sus iglesias, entrad en sus cafés, contemplad a sus hijas danzar al resplandor de sus pechos erectos, leed las leyendas de Don Juan y de la Macarena…» ¡Maldito Frank…! Y hay que quemar el albertiano —¡el mejor poema erótico de la poesía española!— «Diálogo entre Venus y Príapo». Lean cuando Príapo le pregunta a Venus por qué dormía, y ella responde: «Todo era fingido. / Mi dormir no era más que desearte. / Tú alzas mi sueño cuando estás dormido. / Nací tan sólo para levantarte…» No le digan, pues, a Sevilla, «Clara novia del Río», «Amante de los azules», «Lujuria de azahar», «Déjame revolcarme contigo por tu luz…» ¿Ayunamos admiración? ¿Hacemos mudo el asombro ante la belleza que pasa dejando atrás moldes de diosas? Cuando veamos llegar la belleza descomunal, única, inevitable lujuria adornada como sabe adornarse para ser total, ¿hacemos como Leonardo el de «Bodas de sangre» cuando veía a la novia: «Y cuando te vi de lejos / me eché en los ojos arena?» Ante la guapura de una mujer, ¿hacemos como ante la sangre de Ignacio?: «¡Que no quiero verla!» «¿Quién me grita que me asome? / ¡No me digáis que la vea!» Quemad las palabras, los versos de los poetas. Secadles los ojos a quienes pasean la ciudad piropeándola con la mirada, tocando con sus manos su piedra como carne desnuda, oliéndola como se huele la pasión… «Pisa, morena, pisa con garbo…» «Esperanza de todo por mi cuello…» «…adiós, pequeña ayuda de mi aorta…» «…Eres taza de espuma azul, / concha marina, / alga abierta en la arena, / paraíso de sal de las mujeres / secreto erizo que en la mar trasmina…» «…¡No! No me riegues, / amor, de blancos copos todavía. / Guarda, mi bien, esas nevadas flores / hasta que al fin me llegues / a lo más hondo de mi cueva umbría / con tus largos y ocultos surtidores…» Perdonadlos, porque no saben de la belleza. Lo que tienen es un complejo del quince.

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