EL RECUADRO

Cielo junto al Arco

Hoy más que nunca es verdad lo que repito en sevillano de la Macarena: «La casa de la Esperanza es la escalera del Cielo»

Antonio Burgos
Actualizado:

Como cada año, hoy, 18 de diciembre, encamino mis pasos hacia el Arco. El que dispara flechas de Esperanza hacia el Cielo y está junto a la muralla de la Macarena. Encamino mis pasos hacia el Arco para no dejar por embustero a Luis Cernuda: «Para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras de un arco». Se tiene la certeza de la felicidad tras el arco, sea de la Plata, camino del Alcázar; sea del Postigo del Aceite junto a «la Virgen que vive en la calle», como dijo el padre Cue en su Pregón de las Glorias. O sea este Arco, junto a la muralla. No lo dijo Rodríguez Buzón aquella mañana en el Teatro San Fernando, pero lo pudo haber pronunciado perfectamente: «Porque en Sevilla arcos habrá, pero como tú, ninguno.» Y junto a ese Arco donde nos aguarda siempre la felicidad, hay que ponerle hoy, que es su día, el nombre de la Esperanza, con cinco mariquillas y cinco lágrimas, que yo ya no sé si son cinco lágrimas en forma de mariquillas o cinco mariquillas en forma de lágrimas, hasta de contar te olvidas cuando le ves la cara a Ella, como dije una vez:

¿Qué es macarenear?

¡Ver la cara a la Esperanza

y jartarse de llorar!

Y yendo para la muralla, cerca del otro Arco, del Postigo, me he acordado de las letras de perfil recto de cerámica trianera como las antiguas que ponían con el nombre de las calles que hay en la puerta del Hospital de la Caridad: «Domus pauperum, scala Coeli». La casa de los pobres es la escalera que lleva al Cielo. Sin llamar a ningún maestro albañil ni ir a Triana por letras de cerámica, yo hoy tomo unas imaginarias placas de barro vidriado. Y junto al Arco y a la entrada de la basílica, como sé lo que me voy a encontrar, a La que me voy a encontrar, a Aquella Que Está en el San Gil de las coplas, con esos azulejos sevillanísimos y trianerísimos del otro lado del río, donde también es Reina y Capitana esta misma Esperanza, cuando veo lo que me encuentro, el regio sillón vacío allí arriba, la escalera con la alfombra roja que desciende, la Madre de Dios a la altura de los hombres que su Hijo vino a salvar, con el palaustre del corazón y la mezcla de la emoción coloco aquí unas letras de barro vidriado que dicen: «Domus Spei, scala Coeli». Sí, hoy más que nunca, a la vieja usanza de las priostías, sin palios antiguos volando como platillos volantes ni entarimados de decorados de ópera, sólo la altura celestial del sillón vacío, la descendente escalera de la alfombra roja y Ella, es verdad lo que he dicho en latín y repito ahora en sevillano de la Macarena: «La casa de la Esperanza es la escalera del Cielo». ¿O no es el Cielo el que está allí arriba y baja con Ella, para que le besemos su mano de Reina? Para no dejar por embustero a su poeta Joaquín Caro Romero, cuando nos aseguró: «Bajó del Cielo a Sevilla/para hacerse Macarena».

Y viendo este prodigio por el que parece que no ha pasado el tiempo, este besamanos como antiguo, de cuando besaban estas manos los macarenos que ya están con Ella definitivamente en el verdadero Cielo, viendo ese verde que es el color de la Esperanza, pero también el de los campos bravos de mi Andalucía, como se te nubla la vista y no le sale a uno el habla del cuerpo, tengo que tomar, para piropear a esta Muchacha del Arco que hoy celebra su santo, los versos de Fernando Villalón: «¡Madre mía de la Esperanza, /novia de los macarenos!/¡La de la noche en los ojos!/¡La de la gracia en el cuerpo,/ bordado con lentejuelas/ como el cuerpo de un torero!/¡La más bonita del barrio!/ Llévame contigo al Cielo/ y enséñame aquellas cosas/ a mí, que soy macareno». ¿Dónde está por cierto hoy el Cielo, señor don Fernando Vilallón? ¿Allí arriba, donde el regio sillón vacío por el que ha bajado por estas escaleras, o aquí abajo, donde he puesto con letras de cerámica las que podían ser de oro al verLa, gitana pura y bendita por tós los cuatro costaos: «La casa de la Esperanza es la escalera del Cielo».

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos