TRAMPANTOJOS

Cambiar aulas por cocinas

Triste época en la que el talento está en cocinar un solomillo Wellington antes que saber quién era Wellington

Eva Díaz Pérez
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No sé en qué momento esta sociedad dejó que los niños perdieran la infancia. El balance navideño no puede ser más desalentador, por mucho que se les intente proteger de cabalgatas supuestamente heterodoxas. No se educa a los niños para ser ciudadanos del futuro sino consumidores del presente. En las parrillas de la programación son los reyes del entretenimiento. Criaturas convertidas en muñecos que cantan, que asombran con sus frases de viejos o que cocinan...

Confieso mi perplejidad ante ese famoso programa de niños que cocinan y que en unos días celebrará la gran final. Ni en mis peores sueños pensé que el talento se mediría por saber freír un huevo. Hoy es más importante triunfar en las cocinas que en las aulas. Y lo que se valora es saber hacer un solomillo Wellington, antes que saber quién era Wellington.

Ignoro si los niños de hoy podrían contestar a alguna de las preguntas de aquel viejo programa de televisión «Cesta y puntos». Sospecho que no. Y tampoco creo que pudieran resistir la lucidez de «La bola de cristal» con aquella mítica propuesta de pensamiento:«Tienes quince segundos para imaginar. Si no se te ha ocurrido nada, a lo mejor es que ves demasiado la televisión». Hoy probablemente sería apartado con urgencia de la parrilla. Lo mismo ocurre con los programas de la adolescencia y juventud como «La Edad de Oro» y sus rebeldías musicales con las entrevistas audaces de Paloma Chamorro.

Pero es que cualquier rato de la televisión del pasado parece condenado al silencio. ¿Qué fue de aquellas adaptaciones literarias a la televisión? ¿Es posible que yo viera en mi infancia una serie como «Cuentos y leyendas» con capítulos dedicados a Pardo Bazán, Bécquer o la poesía alegórica del Renacimiento? ¿Y «Paisaje con figuras» con aquel maravilloso guión de Antonio Gala en el que aprendíamos quiénes eran personajes de la Historia como Cisneros, Quevedo o Lope de Vega? Recuerdo que una noche me llevé una reprimenda por haberme quedado hasta tarde viendo el episodio dedicado a la Calderona. Los niños ya no saben quién era la Calderona —y eso que es un personaje de pura crónica rosa histórica— a menos que a alguien le dé por ponerle su nombre a un guiso.

Hoy el prestigio de la tradición sólo se subraya cuando un niño guisa como su abuela. Los libros que colapsan el mercado son recetarios de cocina. Y el sueño infantil ya no es ser astronauta, bombero, maestro o incluso jugador de fútbol, sino cocinero. Ya tenemos a toda una generación domesticada bajo el grito castrense : ¡Sí, chef!

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