Caballerosidad

Caballerosidad es desterrar del lenguaje expresiones como «mi santa» o «mi parienta», que son casposas a reventar

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Caballerosidad es compartir con una mujer un desayuno buffet e interesarte por lo que quiere tomar antes de servirte lo tuyo. Es llegar a un cóctel y preguntarle qué quiere beber, y acercárselo. Es acompañarla hasta la puerta de su casa después de volver de cenar y alabar su elegancia al recogerla. Es el cumplido obligado en ciertas ocasiones. Es cortejo en todas sus fases, de menor a mayor intensidad. Es respetar los tiempos, y retroceder ante cualquier equívoco. Es prudencia y discreción, lo contrario de la zafiedad y de lo explícito.

Caballerosidad es ceder el mejor asiento, el que tiene mejores vistas, el de mejor acústica, el más cómodo, el que intuyes que le puede gustar más a la mujer que está contigo. Es bajarse de la acera y ceder el paso, agacharte y recoger lo que se le ha caído. Es generosidad, lo contrario del egoísmo, ponerte constantemente en el lugar de ella, y desde luego no engañar. La caballerosidad exige serlo, no parecerlo. No es una pose, es una actitud que nace de dentro aunque se manifieste por fuera. La caballerosidad solo puede ser auténtica y, si es pura fachada, resulta de lo más hortera.

Caballerosidad es educación del deseo. Y, sobre todo, educación de la mirada. Aprender a ver todo lo que hay en una mujer de sensibilidad y de inteligencia, y también de voluntad y fortaleza. Es cultivarse para estar a la altura de ellas, de sus lecturas, que suelen ser mayores que las nuestras, y de su aptitud superior para la conversación. Es dejar hablar, no ser sordo, que es un defecto muy masculino, incluso entre nosotros. Caballerosidad es escucharlas y empatizar con sus gustos. Ejercitarse en su habilidad escrutadora, capaz de inspeccionar al mismo tiempo la globalidad y el detalle, lo sensorial y lo anímico, lo cercano y lo distante, con una percepción integradora que lo abarca todo: tu vestuario, tu perfume, tu estado de ánimo y la atmósfera que os rodea.

Caballerosidad es disculparse por las faltas (inconscientes) de caballerosidad. Es esforzarte para que se te hagan visibles las cosas que te resultaban invisibles cuando vivías solo: la ropa sin recoger, la mesa desordenada, el plato sin fregar... Es identificar cierta educación machista recibida y superarla. Reconocimiento de la desigualdad real en la que fuimos educados (aun los de mi generación) y autoaprendizaje diario para dejarla atrás. Caballerosidad no es hacer tabla rasa de los valores aprendidos y empezar de cero. Es sencillamente quedarse con lo bueno, con lo que había de cortesía y deferencia en el trato, y abandonar todo lo que había de egoísta e injusto.

Caballerosidad es igualdad de obligaciones y responsabilidades, además, por supuesto, de igualdad jurídica. Se demuestra en ocasiones especiales, pero sobre todo en la convivencia diaria. Y con todas las mujeres, pero primeramente con las más cercanas. De modo que la caballerosidad empieza en casa. Es compartir las tareas domésticas y la responsabilidad sobre la educación de los hijos. No sentarte si ella sigue de pie, llegar al ocio juntos y al descanso también juntos. No tolerar que se acueste más cansada que tú. Es querer para tus hijas lo mismo que quieres para tus hijos y viceversa. Educar a tus hijos como a tus hijas, y viceversa. Caballerosidad es habitualmente viceversa. Es reciprocidad (pero sin llevar las cuentas). Es una paridad natural, no impostada. Rodearse de mujeres en el trabajo porque habitualmente resultan más maduras, responsables, autónomas y capaces. Porque cuando tú vas, ellas ya están volviendo.

Caballerosidad es respetar la igualdad de derechos en todo, sin dejar de reconocer las diferencias. Afrontar la batalla de los sexos con una mirada divertida, como en una rivalidad sana y jocosa, en un pique trivial en el que la inteligencia se demuestra por la capacidad de tomarse a broma a uno mismo. Sí, caballerosidad es reírte con ellas de ellas y sobre todo de nosotros mismos. Es desterrar del lenguaje expresiones como «mi santa» o «mi parienta», que son casposas a reventar. La caballerosidad nunca minusvalora y nunca es burda.

La caballerosidad es un comportamiento masculino que se expresa con ambos sexos, y que hacia ambos se dirige, pero con una atención y deferencia especial hacia las mujeres (aunque la RAE, en su corrección política, no lo recoja así). La caballerosidad no es machista, porque es lo contrario (y hay tantas posibilidades de que un macho alfa sea caballeroso como de encontrar una aguja en un pajar). Es una forma radical de feminismo (que no de feminismo radical) que nace de la admiración de las diferencias de la mujer desde el reconocimiento de su plena igualdad de derechos y nuestra plena igualdad de obligaciones.

Caballerosidad es ser caballeroso incluso en un contexto social adverso a la caballerosidad. Es civilidad y civilización. Es una incorrección política a la que no deberíamos renunciar, porque es corrección de las formas y es lo mejor de la educación que recibimos de nuestros padres (y lo peor se lo podemos y debemos quitar nosotros). Caballerosidad es mucho más que respeto por la mujer. Es admiración y algunos de sus sinónimos: asombro, fascinación, sorpresa y cierto deslumbramiento. Caballerosidad es, o debería ser, deseo de imitación (porque imitar es la forma más auténtica de admirar). Y es, en última instancia, tratar a cada mujer exactamente como quiere ser tratada, aunque casi todas las que yo conozco quieren ser tratadas de forma caballerosa.

Miguel Ángel RoblesMiguel Ángel Robles