EL RECUADRO

La burbuja turística

Ya no es noticia que hagan en algún edificio un hotel de lujo. La noticia es que no lo hagan y que abran una fábrica

Antonio Burgos
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Como el que avisa no es traidor (porque uno no es Puigdemont), me atrevo a considerar que quizás estamos inmersos en otra burbuja, como en su día la lamentable inmobiliaria, pero, como entonces, no nos damos cuenta. En estos casos, ya que estamos en días de concurso de Carnaval, suele ocurrir como el título de aquella chirigota del Yuyu que iban de maridos cornudos: somos «Los últimos en enterarse». Nadie se enteraba cuando los esplendores del ladrillo que estábamos inmersos en la burbuja inmobiliaria y ahora pocos se tientan la ropa, entre tanta alegría inversora y perros atados con longaniza, pensando si no andaremos quizás en otra parecida, la turística, que veremos cómo acaba.

Ya no es noticia que hagan en algún edificio un hotel de lujo. La noticia es que no lo hagan y que abran una fábrica. Van a hacer un hotel de lujo en la antigua sede de Abengoa en la calle Oriente; la que por cierto autorizó Urbanismo sin advertir que tapaba la maravillosa vista de la Giralda cuando se venía hacia el centro desde la Cruz del Campo, como ahora existe otra hermosa contemplación de la torre mayor desde la avenida de Eduardo Dato, viniendo desde la Gran Plaza hacia San Bernardo. Van a hacer un hotel de lujo donde Abengoa. Y van a hacer otro hotel de lujo en el antiguo Banco de Andalucía, en el arranque de la Avenida de la Constitución esquina a Fernández y González, que veremos a ver qué fachada construyen junto a la más retratada por los turistas, cual es la tarta neomudéjar de La Adriática-Filella. Van a hacer otro hotel de lujo en la que fue vivienda propia del arquitecto Juan Talavera en la plaza de Santa Cruz, donde estaba el restaurante de «María Luisa la de la Albahaca», que la recordada dueña, por su preocupación por la degradación del Barrio, llegó a ser tan famosa como su negocio. Han hecho un hotel de lujo en la casa de Cecilia Ybarra en la calle Castelar. Hicieron otro en la casa del Marqués de Villapanés en la calle Santiago. Han hecho otro hotel de lujo en las que fueron Escuelas Francesas de la calle Abades, cargándose por cierto completamente el histórico edificio, queridos amigos de Adepa, sin que Urbanismo abriera la boca. Y otro hotel de lujo, con ínfulas «Palacio», en la casa de Andrés Moro el anticuatrio de la calle Segovias esquina a Abades.

Si seguimos así, verá usted cómo hacen un hotel de lujo en el convento de las Capuchinas en la calle Cardenal Spínola, y otro hotel de lujo en Santa Inés, y otro hotel de lujo en la Fabrica de Artillería, y otro hotel de lujo en la antigua Jefatura de Policía de La Gavidia. ¿Será por hoteles de lujo? Y digo yo: a la vista de este masivo turismo cochambroso de mochila, botella de agua mineral, chancleta y cola para entrar en el Alcázar, ¿hay clientes para tanto autotitulado «hotel de lujo»? Que luego no es tan de lujo; para mí un hotel de lujo, un lujo de hotel, es el Danielli de Venecia o el Meurice de París, y vamos a dejarnos de cuentos. O lo que era antes el Alfonso XIII, que si don Antonio Lopera levantara la cabeza y viera cómo está y en lo que ha devenido la obra mimada de Monsieur Marquet, volvía a morirse.

¿Y los pisos turísticos? ¿Cuantos pisos turísticos no solamente hay ya, sino están proyectados en Sevilla? ¿Hay turistas para tantos pisos? ¿Y hay comunidades de vecinos que aguanten las borracheras, gritos, botellonas a deshoras y el gamberreo de tanto niñato como se aloja en los apiñados pisos turísticos, sobre los que no existe autoridad alguna y muy poquito control?

Escrito lo que llevo, muchos me acusarán de aguafiestas en la alegría general por la burbuja turística que goza o padece Sevilla, según se mire. Pero no desesperen. Aún pueden hacerse más hoteles de lujo y más pisos turísticos. Y abrirse más franquicias tipo Foster. Y como además nos recomiendan «Lonely Planet» y el «New York Times» y estamos recogiendo todas las migajas de los que han sido desaconsejados de ir de turismo a Barcelona, pues ya te contaré. El riesgo no es que la burbuja turística explote como la inmobiliaria y sea una ruina. El riesgo es que con estas cosas Sevilla cada día se está pareciendo menos a Sevilla.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos