EL RECUADRO

Bañera en vespino

¡Cuidado que multar a un tío que transporta una bañera en su amotillo! A ese señor tan ingenioso hay que premiarlo

Antonio Burgos
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Hay un remoquete popular para enumerar, casi siempre menospreciándolas, a una serie de personas, que dice algo así como: «Maroto, el otro y el de la moto». Bueno, pues este artículo no va sobre Maroto, apellido de un capitán general que tuvo Sevilla cuando era cabecera de la II Región Militar, sino sobre el de la moto. Más bien el de la amotillo. Que no es el legendario Manaute el de la amotillo, a quien hice famoso cuando Rafael Escuredo se equivocó de siglo y, como si estuviéramos todavía en el XIX, quiso hacer en Andalucía la Reforma Agraria, hasta que llegó el comandante, digo, el catedrático de Derecho Administrativo don Manuel Clavero Arévalo y mandó parar aquella locura estrictamente fuera de tiempo y de la política agraria europea del momento. Describí al difunto don Miguel Manaute Humanes (que Dios tenga en su Gloria), a la sazón consejero de Agricultura, dando barzones por las fincas en una amotillo, como los que van a echar jornales al campo. En cuyo transportín llevaba amarrado con tomiza, como otros el canasto del almuerzo, un ordenador para ver la extensión de las fincas y si eran expropiables o no.

Pues bien, hay otro señor con otra amotillo que se ha hecho merecedor de todos los honores del comentario. No, no es que quiera hacer a estas alturas de curso la Reforma Agraria. Es un señor a quien la Policía Local de Sevilla paró el otro día en El Cerro del Águila. Iba, como Manaute, en una amotillo, un ciclomotor de los que no necesitan carné de conducir. Pero no llevaba un ordenador, que eso lo lleva ahora cualquiera, sino que transportaba en su vespino... ¡una bañera! Y lo multaron. Hay que ver, Maribel. ¡Cuidado que multar a un tío que transporta una bañera en su amotillo! A ese señor tan ingenioso y manitas no hay que multarlo, sino premiarlo. Por habilidoso, por ingenioso, por creador. ¿No estamos hablando aquí siempre de los emprendedores y de la innovación? ¿Qué más emprendimiento quieren ni más innovación que transportar nada menos que una bañera en un vespino? Pero no un polibán, palabra que siempre hacía reír a mi recordado y desaparecido amigo don Ángel Casal Arias, el de los bolsos y de los Amigos de la Ópera. No, no era un polibán. Ni un platoducha. Un platoducha en un vespino lo lleva cualquiera. Era una bañera completa la que el ingenioso motorista porteaba, no sé si en lo que en Sevilla llamamos «una mudá» (por mudanza), no sé si camino de un punto blanco para tirarla o de un vertedero ilegal para dejarla olvidada como un beso de amante en una copla de Rafael de León. Ayer verían ustedes la foto en la página 28 de ABC. Si no la vieron, busquen el periódico atrasado y échenle una miraíta: la cosa tiene un ver.

Me estoy imaginando al injustamente multado ingeniosísimo ciclomotorista, cuando en una reforma del cuarto de baño o en lo que fuere le dijeron que había que llamar a uno de los que ponen por las farolas los papelitos de «Se dan portes baratos» para que se llevara la bañera. Nuestro hombre, a quien desde aquí felicito públicamente, dijo:

—¿Qué vas a llamar a nadie que dé portes, aunque sean baratos? ¡Esa bañera me la llevo yo mismo ahora en el vespino!

Y dicho y hecho. Bañera puesta del revés, del manillar a la rueda trasera, y, sentándose encima, el tío se creía, vamos, la mejor empresa de mudanzas. Yo desde aquí, en tiempo y forma, ruego al señor alcalde que, por lo que más quiera, no vaya a tener en cuenta la denuncia de la Policía Municipal y le vaya a arrear a ese ciclomotorista un multazo que lo avíe. Al contrario: que le dé un premio en la próxima entrega de galardones que haya para emprendedores, innovación, sostenibilidad e I+D+I. Como que tengo que mudar un sofá al apartamento de la playa, y en vez de llamar al de los portes baratos, me parece que voy a contratar al del vespino del Cerro del Águila, que seguro que me lo lleva hasta Matalascañas en un suspiro. Y divinamente.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos