LA TRIBU

Alerta naranjas

Alerta por nevadas, por vientos, por lluvias. Y alerta naranja y limón por robos

Antonio García Barbeito
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Me contaban un día la vuelta de un viaje a la India de un andaluz exquisito de patios de flores y de calles de azahar en primavera. El paisano mostraba fotografías espectaculares de palacios y templos, de edificios de cuento, y de calles humildísimas, sin asfaltar, de puestos pobres de pobres gentes; fotografía de aglomeraciones, de las afueras de la ciudad, de algún zoco… Todo el mundo hablaba con admiración de la India, hasta que el sevillano dijo: «Sí, es muy bonito… porque en las fotografías no sale la peste…» El paisaje de la nieve, ese que vemos con ganas de tenerlo en nuestra calle, en nuestro pueblo, es muy hermoso, sí, porque en las imágenes no sale ni el frío ni el engorro que supone la nieve amontonada ante tu puerta; ni salen los resbalones, ni salen las tuberías atascadas por congelación, ni los pueblos sin luz, ni la gente aislada en una cabaña, un coche, un refugio de montaña. Muchos pueblos y ciudades de España están en alerta por la nieve, por la lluvia, por los vientos.

Alerta naranja, he oído más de una vez. A eso voy, a la alerta naranja, porque la alerta a la que me refiero hay que completarla: «Alerta naranjas… y limones.» Nieva en la sierra y aun en la costa, a orillas del mar. La nieve ha perdido la vergüenza como la han perdido los amigos de lo ajeno, y si antes el hurto requería de cierta habilidad y cierto esfuerzo a cierta horas —los clásicos robos de frutas luneras—, los ladrones de hoy se levantan a la hora de los viejos señoritos de hacienda y ruina, se van silbando a la huerta que les pille más cerca, abren la cancela y se llevan en una mañana el suficiente género para vivir ese día. Y así, aceitunas, naranjas, aguacates, limones… Lo que se tercie. Mi amigo se ha pasado dos años mimando limoneros y naranjos casi como si fueran nietos suyos, y cuando los árboles se han puesto a dar frutos, viene un hijoputa, abre o rompe la cancela y, escogiendo los mejores, llena una caja de naranjas y otra de limones, y se va como vino, silbando y mostrando la mercancía, una mercancía que siempre encontrará una tienda que se la compre, o una almazara, que esa es la segunda alarma, la vergonzosa alarma de quienes les ponen el pie en el estribo a los chorizos. La imagen de una huerta es bonita porque no salen los golfos que la esquilman, los chulánganos que, sabedores de que no les va a pasar nada si los cogen, dicen, con la caja al hombro, que ellos también tienen derecho a comer. Alerta por nevadas, por vientos, por lluvias. Y alerta naranja y limón por robos. La estampa del campo es muy hermosa, sí, porque no sale la peste a ladrón que se mete dentro.

antoniogbarbeito@gmail.com

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