COMENTARIOS REALES

El acaso y el acoso

Las socialistas que gritaban en los ochentas «¡Felipe, capullo; quiero un hijo tuyo!», ¿eran finas y sofisticadas?

Fernando Iwasaki
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Cuando el poeta Antonio Machado pasó por Alicún de Ortega (Granada), contempló a una muchacha cuyas hechuras le inspiraron los siguientes versos: «Tíscar tiene un ermitaño, / Belerda, más de un pastor, / Alicún, lindas caderas / y una fuente que brilla al sol». ¿Era un guarro Antonio Machado? ¿Le faltó el respeto a las alicunenses por cosificarlas como caderas? Desde mi punto de vista no, pero para el Instituto Andaluz de la Mujer y el Instituto Andaluz de la Juventud, Antonio Machado habría sido un animal, porque agredió verbalmente a muchas mujeres en general y a las de Alicún de Ortega en particular.

En honor a la verdad, no creo que todos los miembros del gobierno andaluz suscriban semejante necedad, porque si un piropo es lo contrario a un insulto, no existen ni el «piropo agraviante» ni el «insulto halagador». Lo que sí existe es el mal gusto, la ordinariez y la vulgaridad, por lo que entraríamos en el terreno de la grosería y la obscenidad. ¿Qué es lo que quiere prohibir la Junta de Andalucía? Sospecho que la grosería y la obscenidad, pero no cuenta con gente suficientemente preparada para distinguir un piropo de una grosería. Por ejemplo, las socialistas que gritaban en los ochentas «¡Felipe, capullo; quiero un hijo tuyo!», ¿eran finas y sofisticadas? Para mí sólo pelín chabacanas, pero para los actuales censores de la Junta sin duda serían unas verracas. No hay derecho.

El derecho y la justicia precisan palabras con significados nítidos y claros. Al principio de «La República» Sócrates refutó a Trasímaco, quien sostenía que la injusticia perfecta era superior a la justicia perfecta, porque Trasímaco había invertido el sentido de las palabras y asociaba la virtud a la injusticia y el vicio a la justicia. Sócrates tuvo que demostrarle que la ecuación era al revés, porque sólo el justo es bueno y sabio según la «nominozema» o acepción tradicional de las palabras. Los griegos le daban un enorme valor al uso correcto de las palabras y por eso Tucídides recordaba con horror las sediciones de Corcira, donde «Se cambió incluso el sentido habitual de las palabras con relación a los actos, en las justificaciones que de ellos se hacían. Una audacia irreflexiva pasó por valor dedicado al partido, una espera sabia por cobardía». Por lo tanto, si en la acepción tradicional un piropo es un halago, un cumplido, un elogio y una cortesía, o la Junta se equivocó de sustantivo o se equivocó al elegir a los responsables de los institutos de la Mujer y de la Juventud.

No debería ser un problema distinguir un piropo de una grosería aunque el grosero pretenda piropear, como le porfiaba Sancho al Caballero del Bosque: «no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle». La grosería soez tiene como consecuencia el acoso y eso es malo; pero del piropo fino puede surgir un «acaso», ¿y eso qué sería?

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