Francisco Apaolaza

La última patria de la inocencia

Cada año, en otoño, aquella calle de Madrid amanecía un día jalonada con los carteles que pregonaban la gira de turno

Francisco Apaolaza
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Cada año, en otoño, aquella calle de Madrid amanecía un día jalonada con los carteles que pregonaban la gira de turno. Aparecía tal malabarista, el famoso trapecista, un elefante colosal... Lo nunca visto. Una mañana, al recorrer la acera, todos los paneles estaban arrancados, rotos, rajados y cubiertos de inscripciones en las que se leía ‘Asesinos’. Sentí la ofensa como propia. Desde que sé que intentan prohibirlo, encuentro un placer especial y casi furtivo en la costumbre ya casi extinta de acudir al circo con animales.

Decido comprar un par de entradas hace unos días. Aparcamos y caminamos con paso largo y nervioso, casi sobresaltado, no vayamos a perdernos nada. Las bombillas de colores anuncian una civilización perdida. La vemos brillar desde lejos y reconocemos las puntas de la carpa y el reflejo de los focos bajo las nubes anaranjadas. Ser mayor es darse cuenta de que la carpa es más pequeña de lo que recordábamos, pero aún siento la emoción al entrar. Pisamos la grava del descampado y por un pasillo accedemos a las entrañas templadas del circo. Mi hija me sujeta la mano con mucha fuerza, mira todo con ojos muy abiertos y ofrece su entrada a una acomodadora morena vestida de domadora con las piernas largas y las medias de rejilla rotas por los tobillos.

Comienza la función. Todos hacen de todo. El que nos vendió las entradas en taquilla es el maestro de pista, un chaval con voz engolada y mofletes rosados que podría haber sido bobbie en Londres. La acomodadora es malabarista, un payaso hace palomitas y otro ejerce de asistente del equilibrista. Se escuchan mil acentos. Nadie es de ninguna parte si no es ciudadano de la patria del circo. Reconozco todos los códigos, porque es un espectáculo eterno: ahí están de nuevo los payasos torpes y exaltados, el mago que hace desaparecer a su bella ayudante, el chaval bajito de los brazos cachas que hace malabares... Cuando el niño equilibrista se sube en los rodillos pinchan algo de Luis Cobos. Gritos, aplausos, fuego, lentejuelas... «¡Hey!».

Por fin sale a pista el elefante de los Clutsky. El pequeñísimo domador y su asistente podrían ser dos jubilados escandinavos de la costa del sol. Dumbo ejecuta sus trucos con lentitud mastodóntica y mira el mundo con indiferencia desde dos ojos marrones, brillantes, redondos y pequeños en contraste con su enorme cuerpo. Él susurra palabras bajo la oreja del enorme del paquidermo. Ella introduce cacahuetes en su boca y lo acaricia con mimo. La gente que ahora te dice lo que hay que sentir sugiere que debo lamentarme por él, pero hay trabajos peores y pienso en qué sería de Dumbo sin la pista, sin la rutina de salir a chutar su pelota gigante, sin los aplausos; en qué le sucederá cuando sobreviva a su pequeño y viejo domador.

Discurre el espectáculo. Desde la primera fila se aprecian los brillos en las chaquetas demasiado usadas y las puntas gastadas de las zapatillas de los acróbatas. «Lo que no sea El Circo del Sol es cutre», me dijo una vez un profeta de lo ‘cool’. Puede ser, pero reivindico el derecho a lo cutre.

Justamente, la magia del circo es convencer de la maravilla con tres aros, dos malabares, una antorcha de fuego y una flor que tira agua. Nadie hace más con menos. El circo auténtico nos permite jugar a creernos que el malabarista es alto, que la mujer del domador no es una anciana, que el sable corta, que Dumbo es Dumbo. Que seguimos siendo niños. El circo es la última patria de la inocencia.

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