Francisco Apaolaza

Turismofobia Francisco Apaolaza

Se quejan del que viene; no saben que lo difícil es aguantarlos a ellos

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Una vez me creí viajero. Cunningham era un piloto escocés menudo, retraidamente educado, con extraño aire inofensivo de señora de la campiña. Era el suyo un espíritu calmado y cuidadoso punto apocado, como para cocinar mermelada de naranja amarga al atardecer de Daventry, pero a los mandos de su avioneta era el puñetero Barón Rojo. Lo conocían como el piloto más loco de todo el Este de África.

Una mañana volábamos en su cacharro y Cunningham ascendió con su pájaro metálico, coronó una de las crestas verdes de los Chyulus de Kenia, meneó el aparato en dos cabalgadas secas para probar el timón, empujó los mandos, hundió el morro y se tiró por la quebrada en un picado. No me alcanzó el aire ni para gritar. Pasábamos a ras de las copas de los árboles, nos descolgábamos sobre las blancas cabelleras de las cascadas y nos hundíamos más y más en los pliegues oscuros de la cordillera. Aparentemente improvisaba su ruta con potentes giros, fintando a babor y estribor en un zigzag enloquecido.

La avioneta emitía todo tipo de alarmas. Cuando el golpe parecía inminente, Cunningham levantaba el morro del aparato. Sobre la última cresta se encaramaba un pequeño alojamiento turístico con tipos blancos en la piscina. El piloto apuntó hacia ellos, ascendió sobre el bosque y les hizo vibrar las aceitunas del Campari.

Los dejamos atrás y los imaginé arrojándose de las hamacas. Gritamos y nos reímos como locos. Aterrizamos unos minutos después en la isla perdida de un lago salado. Me bajé a vomitar. Detrás de unas acacias, me senté en una piedra, a cincuenta metros de la pista. Creí estar en el lugar más solitario del mundo cuando entre arcadas apareció un tipo con una camiseta del Barcelona a charlar conmigo en suajili. Era un joven amable, de esos que te aparecen en África y te dan la mano durante un minuto, de frente, y te giran la muñeca como si echaran una partida al futbolín. De los que cuando te preguntan si vas a volver y les dices que sí, responden que cuándo y te miran esperando una fecha en concreto.

Le sorprendía nuestro ir y venir. A mí a veces también me pasa. ‘Mzungu’ es la palabra que usan en el Este de África para referirse a los turistas blancos. Viene a significar el que se mueve, el que está de paso, y es curioso, porque en África siempre me hicieron sentir viajero, no turista, hasta los niños pastores de Waso Rongai, que nos creían fantasmas blancos cuando bajábamos a repostar de la montaña sagrada de los samburu y aterrizábamos en helicóptero entre remolinos de tierra roja. Tomaban piedras en las manos para defenderse de aquel ruidoso y extraño pájaro con hélice y, media hora después, nos intercambiábamos abrazos y direcciones.

En África me enseñaron a aceptar al mzungu, por eso quizás desde que puse el pie en ese continente sentí que de alguna manera no del todo lógica, yo pertenecía a aquello, yo venía de allí. Más de allí que de aquí. Menos de una parte en concreto. Por eso no considero Donosti un territorio que defender de nadie, por mucho que en la barra del Gambara se hable inglés.

Ahora vienen con el argumento de la masificación, pero estos de la turismofobia son los mismos que consideraban a los extranjeros escoria sin derecho a vivir por llevar sandalias con calcetines o por ‘no ser de aquí’. Gente cateta bajo la que late la superioridad y una puntita de xenofobia. Se quejan del que viene; no saben que lo difícil es aguantarlos a ellos.

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