Antonio Papell - OPINIÓN

Trump, la UE y el Estado de bienestar Antonio Papell

La posición defendida por Trump no solo es poco solidaria sino también darwinista: se supone que sólo los más afortunados pueden tener acceso a las mejores técnicas sanitarias

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Uno de los grandes objetivos de Trump en su campaña electoral fue la reversión y destrucción delObamacare. Por tres veces, el Congreso norteamericano ha frustrado la infame pretensión de Trump: en marzo y a mediados de julio, el proyecto de una ‘Ley de Atención Sanitaria’ propuesto por la nueva administración, que desmantelaría casi todas las ventajas proporcionadas por la normativa vigente, fue retirado antes de que fuera derrotado, y la pasada semana ya se materializó irremisiblemente la derrota, gracias, en particular, a la actitud decisiva del senador republicanoJohn McCain, quien retrasó el inicio del tratamiento contra su tumor cerebral recién diagnosticado para poder participar en la votación.

La pretensión de Trump, desprovista de los ropajes con los que trata de camuflarse, es sencilla y la ha resumido hace poco Vidal-Folch en su columna: se trata de desproteger a los 20 millones de ciudadanos más pobres que han conseguido la protección gracias al Obamacare, de reducir la protección de otro importante sector de clases medias que ha mejorado su posición, y de devolver al estrato más rico de norteamericanos los 800.000 millones que cuesta la reforma realizada por Obama, que aproxima claramente los planteamientos sociales americanos a los de la Unión Europea.

¿Cuál es el argumento que utiliza Trump para justificar esta brutalidad? El más viejo axioma del conservadurismo, que si puede acertar si se destila a pequeñas dosis, es sencillamente sanguinario si se aplica en toda su hiriente literalidad: los recursos económicos son mucho más eficientes en el bolsillo de los ciudadanos que en manos del Estado, por lo que hay que dejar a la iniciativa privada que preste los servicios que demande el mercado. Y si alguno no puede pagárselos, se le concede un subsidio por simples razones humanitarias.

En realidad, después de la Segunda Guerra Mundial, en Occidente ya no hay apenas debate sobre esta cuestión: en los países europeos se discute, si acaso, la intensidad del estado de bienestar, las formas más adecuadas de gestionarlo, incluso el alcance de lo público en determinados ámbitos educativos o sanitarios, pero nadie discute que los grandes servicios públicos, sanidad y educación en primer lugar, deben ser universales y gratuitos como elementos básicos de la igualdad de oportunidades en el origen.

La controversia no es sin embargo económica exclusivamente: hay ingredientes éticos en ella, que conviene saber. La posición defendida por Trump no solo es poco solidaria sino también darwinista: se supone que sólo los más afortunados pueden tener acceso a las mejores técnicas sanitarias, que son las más caras. Otros -la mayoría de los europeos- pensamos en cambio que sanidad y educación no deben someterse a la lógica implacable del mercado. Lo que no significa, obviamente, que no haya de haber educación y sanidad privadas. Lo intolerable es que haya servicios públicos de calidad para los instalados (ni siquiera los ricos) y otros de menor calidad para los sectores excéntricos de la sociedad.

En los Estados Unidos, la evolución hacia un estado de bienestar ha tenido también lugar pero a menor ritmo que en Europa, donde la devastación ulterior a la guerra obligó a tomar medidas de emergencia en los cincuenta del pasado siglo. De hecho, la actitud mencionada de McCain no está aislada: gran parte del Partido Republicano, que ha interiorizado un nuevo liberalismo compasivo que podría tener ciertas familiaridades con la democracia cristiana europea, cree definitivamente que el Estado tiene que desempeñar un papel en la sociedad adelantada de nuestros días.

Ha de ser el dique que contenga la marginalidad y la desintegración, que aliente el ilustrado derecho a la felicidad que ya se leía entre líneas de los textos de los Padres Fundadores que crearon hace más de dos siglos la primera democracia de América.

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