José Landi

Tres carteles a las afueras

Cárteles no sé pero carteles, sí. Pertenezco al grupo de necios que los lee todos por la calle. Los de vendo bici o cuido niños, también

José Landi
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Dicen nuestros mayores que aquí no hay cárteles. Que son imaginaciones nuestras. Muchas películas. Y series. Será la primera vez que un río de dinero procedente de un negocio ilegal (perdone la redundancia) se mantiene ajeno a un grupo de personas que ponen las manos para coger lo que puedan. Será la primera vez que un inmenso pastizal se queda al margen de una organización, más o menos jerárquica, chapucera o sofisticada, familiar o no, que reparte a golpes el enorme taco. Ese prodigio de la evolución de la especie se da en el Campo de Gibraltar. Pasan miles de millones por allí en utillaje diverso. Pero nada. Ni clanes, ni familias, ni bandas, ni colombianos, ni gallegos. Mucho menos, cárteles. Qué cárteles ni cárteles.

Carteles sí que hay. Pertenezco al grupo de necios que los lee todos por la calle. Los de vendo bici o cuido niños, también. Hace meses me divirtió uno que reñía a los ciudadanos por no manifestarse lo bastante. Lo firmaba una marea. Dudo si era baja o alta. Estaba rematado con subrayador fosforito. Le daba un tierno aire infantil. De todo se aprende, hasta de los carteles, pero nunca aprendemos. La prueba, en una avenida de Cádiz. Allí he visto uno que me parece la metáfora máxima del capital, epítome de la avaricia comunitaria, eslogan perfecto, tuit redondo de lo agonías que somos, de todo lo que nos hace presas y depredadores a la vez. Dice «próxima apertura: inmobiliaria. Provisionalmente, compramos y empeñamos oro y plata». Según el verbo elegante y considerado de una secretaria de Estado de Comunicación podría traducirse como «pronto estaremos listos para joderos pero, mientras tanto, os seguimos jodiendo porque aún seguís jodidos de la jodienda anterior». La que no tiene enmienda. No la tenemos. Ya brotan titulares así: tenemos en el banco más dinero que nunca, más que antes de aquello, ya sabes, lo que pasó. Ya «se necesita dependiente» que exprimir por todas partes. Ya dicen los informes que pedimos créditos a espuertas para consumir. Un consumo distinto al que fomentan los cárteles. O no tanto.

Hay otro que me fascina en el solar de la antigua CASA, en Loreto. Es el que anunciaba la construcción de un nuevo hospital. Se ha desgastado tanto que ya no es legible. Lleva tanto tiempo muerto, inútil, que ha decidido desintegrarse. Su blanco fondo se impone a las letras que se pierden como lágrimas en la lluvia, las que el viento se llevó. Es fantasmagórico, recuerda a las películas de terror de la Hammer en las que el protagonista, al final, descubría horrorizado –en un cuadro– su propia imagen, deforme y monstruosa cuando se desvanecía el falso retrato pintado encima. Ese cartel nos retrata: blanco fácil.

Ya brotan titulares así: tenemos en el banco más dinero que nunca, más que antes de aquello, ya sabes, lo que pasó. Ya «se necesita dependiente» que exprimir por todas partes

El tercero y último es una tienda. Se llama 'Rosalía. Soluciones'. No es una ferretería, ni una frutería (que tanto escasean y tanta falta hacen), no vende productos de informática ni zapatos. No, qué va. Vende «soluciones». Nada menos. Como tantos. Como todos. Su escaparate está atestado de imágenes religiosas (no sólo católicas, cristianas y marianas), fetiches de creencias exóticas o cercanas. También de referencias a cursos, consuelos y técnicas orientales, mindfullness y otra chatarra mental. Ahora que volvemos a tener suficiente, nos vuelve a faltar de todo. Antes fueron la autoayuda y el queso -que se lo llevaron también-, ahora es meditación, autocontrol y respiración. Suspiros a compás en busca de aceptación absoluta. Quiere decir que sus apóstoles aceptan el pago en tarjeta, y en metálico. En negro y en carne. Los de la indignación se van quedando con menos público. Pero es cíclico. Vuelve a estar de moda la resignación. La cristiana y las otras. Entre todo ese material, un último cartel que todo lo aclara: «Se echan las cartas. Se lee el tarot». También volvemos a eso si alguna vez nos fuimos. Retorno al clavo ardiendo, a la comunión y la ouija, a las promesas electorales, pastoriles y pastorales, a la pintada, la encuesta y el rezo.

Siempre muertos de miedo. Mil fábulas para intentar olvidar una sola verdad. Siempre comprando soluciones que no funcionan, abriendo vulgares cuentas corrientes, mintiéndonos a crédito, en cómodos plazos, empeñando hasta el error, fingiendo que no vemos el hospital cuando pasamos por delante.

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