OPINIÓN

De la tele y la basura

Si tan asqueroso es todo, si tanto manipulan todos y tan poco caso les hace la sagrada gente, si tantos niños y pobres podrían comer con lo que cuestan ¿por qué no los eliminan cuando pueden?

CÁDIZActualizado:

Las emisoras locales de televisión tienen, a mi tarado entender, un protagonismo inexplicable desde los 90. Hasta donde alcanza mi escaso conocimiento, siempre han carecido de audiencia e influencia. Ninguna intención de menospreciar a los profesionales que pueden hacer un enorme trabajo a escala particular. Hablamos del papel genérico y colectivo. A los que trabajamos en prensa –y ni periodistas somos– nos resulta imposible burlarnos de la decadencia o el escaso alcance de cualquier otro medio. Sería grotesco.

Ese desequilibrio entre protagonismo político y respaldo popular aún alcanza mayor incoherencia cuando se traslada a grandes teles públicas. Canal Sur, Televisión Española o TV3 (por poner ejemplos cercanos y sonoros) parecen, de origen, herramientas al servicio de un plan partidista, productos que consume un sector de población concreto, que arrinconan su discutible función de servicio para entregar su potencial a divulgar propaganda o un presunto anestésico social.

Tanto la irrelevancia de la televisión local (salvo en las fiestas locales de cada lugar) como el sectarismo de las grandes emisoras públicas son creencia común al margen de lo que pensemos usted y yo. Su desprestigio ha sido galopante durante los últimos años, tan grande o más que el del resto de medios. Haga memoria de lo escuchado a su alrededor. Tan es así que las acusaciones de manipulación y entreguismo se han convertido en uno de esos tópicos de la acomodada indignación ciudadana en que vivimos. Todas las televisiones y emisoras de radio, todos los periódicos, son sospechosos natos. De entrada. De servir ciegamente a una causa, de plegarse a intereses empresariales, de falsear y deformar por avaricia, de incumplir los preceptos de informar desde la independencia y el afán por la verdad. Si son de titularidad pública, esas suspicacias se hacen gigantescas. Es así, por democrática mayoría, estemos o no de acuerdo cada uno.

Fijada esta realidad, cuesta comprender que los dirigentes políticos locales o nacionales dediquen tanto tiempo, lamento y energía, tanto dolor y descalificación, a los responsables de esas teles locales o públicas, que sufran tanto cuando pierden su control y se desesperen así por tenerlo, que traten de establecer alianzas con los moribundos periódicos o de suplir su papel con panfletos propios. Si tan asqueroso es todo, si tanto manipulan todos y tan poco caso les hace la sagrada gente, si tantos niños y pobres podrían comer con lo que cuestan ¿por qué no los eliminan cuando pueden? ¿por qué no los ignoran? ¿por qué suspiran por dirigirlos y rompen los muebles si se los quitan? ¿no ve todo el mundo nada más que Netflix y Youtube y Facebook y Twitter? ¿por qué tanto despecho ante lo que se desprecia? Hay algo, aún, en esta vieja y turbia relación que se me escapa.