OPINIÓN

El tamaño sí importa

En la esquina de la calle San Pablo con Callejones, al lado del puesto de churros

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En la esquina de la calle San Pablo con Callejones, al lado del puesto de churros, enfrente del bar Las Banderas, todas las tardes colocaba su carrito de golosinas Dª Emilia. Pintado de verde andaluz el artilugio era reciclado. Ella, pelo canoso recogido en moño y delantal blanco rutilante. Su sola presencia hacía las delicias de los niños del colegio Salle Viña y de las niñas del Colegio de La Palma. Con tan solo una peseta podíamos comprar, para saborear en el recreo, un pequeño paquete de pipas de girasol tostadas con apenas sal y un par de barritas de regaliz negro, duro y dulce. Por aquel entonces el tamaño estándar de los refrescos era de doscientos centímetros cúbicos, tenían las mismas burbujas pero mucho menos azúcar. En los baches, bares y tabernas era la medida exacta de la media ‘limeta’, de manzanilla de Sanlúcar o vino de Chiclana.

Ahora todos los colegios tienen cerca una tienda bien pertrechada de chucherías que no cierra al medio día. El colorido y la gran cantidad de azúcar y aditivos hacen el deleite de pequeños y adolescentes. Los paquetes de palomitas son del tamaño supercombo y los regalíes miden más de una cuarto de metro. Todo lo que allí se despacha son calorías vacías, de esas que sólo contribuyen a que la obesidad, sobre todo la más peligrosa, la infanto juvenil, se haya convertido en una auténtica epidemia.

Las autoridades sanitarias de Andalucía han tomado conciencia de la magnitud del problema y propone un Proyecto de Ley para la Promoción de una Vida Saludable y una Alimentación Equilibrada, con ello se pretende dar respuesta a un problema de salud pública que afecta a una de cada cinco personas adultas y a una de cada cuatro en edad infantil. No sólo se trata de informar y promocionar desde todos los estamentos de los elementos fundamentales de una dieta sana y alimentación saludable, sino de incentivar la actividad física y el entorno físico y psicosocial saludables. Menús saludables y equilibrados disponibles en escuelas, lugares de trabajo, comedores sociales; diferentes tamaños de raciones en todos los establecimientos de restauración. Que el agua fresca esté disponible siempre. Que el acceso y la disponibilidad de alimentos frescos y perecederos esté al alcance de las unidades familiares adaptadas según sus miembros. Huir de ofertas de tres por dos o de la segunda unidad a la mitad de precio. Fomentar el ejercicio físico, haciendo que el desplazamiento en bicicleta sea una alternativa apetecible y seductora. Cambiar los productos de las máquinas expendedoras, sustituyendo los ricos en azucares y calorías por frutas o bebidas no edulcoradas. Limitar la publicidad comercial de alimentos y bebidas no alcohólicas dirigida a menores de quince años evitara el consumo descontrolado de productos hipercalóricos y sustituir los productos envasados de las máquinas expendedoras por frutas fresca y zumos naturales puede ser una alternativa fundamental. Promover las actividades al aire libre desde todas las Administraciones puede servir para acabar con ese mal hábito que es el sedentarismo.

El tamaño sí que importa en cuanto a calorías se refiere. La frecuencia sí que importa en cuanto a la actividad física realizada.