Ramón Pérez Montero

Sultana Ramón Pérez Montero

Como andaluz quiero manifestar mi voluntad de excluirme como súbdito del sultanato de Susana

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No soy afecto a los gestos patrioteros y me suele echar para atrás todo tufo chovinista, pero tengo que admitir que me siento satisfecho de haber nacido en esta tierra andaluza. Soy consciente del calado filosófico de una afirmación como ésta. Estoy convencido de que cualquier habitante de este planeta podría decir esto mismo, haya venido al mundo en un lugar paradisíaco o lo haya hecho en la aridez de un desierto. Dicho lo cual me reitero: me hace feliz haber nacido en Andalucía.

Y como andaluz quiero manifestar mi voluntad de excluirme como súbdito del sultanato de Susana. No quiero seguir perteneciendo a una tierra utilizada como plataforma de lanzamiento de nadie al liderato de su partido. Si los avales de los votos tradicionalmente cosechados por el PSOE en esta tierra le han dado la fuerza para perpetrar, en compañía de su guardia de corps, el degüello del Secretario General de su formación, que no cuente con el mío.

En su momento dejó que Pedro Sánchez fuese picando y friendo la cebolla por considerarlo el candidato que podría ir haciendo el trabajo sucio hasta que ella considerara que había llegado el momento propicio de tomar la sartén por el mango. Pero el pinche de cocina le salió díscolo a la que se tenía a sí misma por dueña de los fogones. Al final, en un alarde de amor a los ideales socialistas más que sospechoso, el tierno corderillo fue devorado por los viejos lobos.

No quiero que se me tenga por hijo de esta tierra de la que la Sultana Susana se apropia para envolverse en su bandera y presentarse como la expresión más apasionada del andalucismo. Con un discurso que pretende conmover a las piedras, pero que más bien suena a desgarro de tonadillera cantando a la muerte de su marido. Un discurso que se tambalea cuando se expresa total confianza en el sistema sanitario andaluz al tiempo que se manda reformar la planta del hospital donde una se dispone a dar a luz. De ahora en adelante, con salpicones de sangre en los volantes a modo de lunares, le va a resultar muy embarazoso a la Sultana Susana lucir el traje faralaes.

No quiero pertenecer a la tierra cuya Presidenta aprovecha las sesiones del parlamento regional para hacer las tareas. Pienso que lo que la Jefa del Gobierno debe hacer es prestar atención a los discursos de los grupos de la oposición en lugar de responderles con el desprecio de mantener la cabeza hundida en sus papeles mientras pasa el chaparrón. No le pagamos sus buenos dineros para que desprecie a sus rivales, sino para que los escuche y les replique en buena lid parlamentaria.

Mucho me temo que la Sultana Susana no sea consciente de que su figura no es fruto de su propia brillantez política, sino producto de la endogamia que está pudriendo lentamente al PSOE andaluz. Es más que probable que acabe pasando a la historia como la figura que obró el milagro de que el socialismo dejara de gobernar en Andalucía tras cuarenta años de hegemonía. Creo que, alimentada por sus zánganos, la reina se ha instalado en la cámara blindada que le impide escuchar no ya las demandas de sus adversarios, sino también las voces airadas de sus propios correligionarios clamando contra ella. No, señora conductora del destino en lo universal de Andalucía, hágame usted el favor de parar que yo me bajo en la siguiente.

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