Juan González Miralles de Imperial - OPINIÓN

‘Sovre’ los niños de 'oy' en día

Es ridículo que una de las mayores instituciones de nuestra ciudad, en su 40 aniversario, en lugar de premiar el talento y esfuerzo haya optado por despreciar y denigrar a una profesión

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Los niños de hoy en día no saben lo que vale un peine. Es cierto, no han tenido que trabajar un solo día de sus miserables vidas porque lo único que hacen es ver porno en sus relucientes pantallas de cinco pulgadas. Son maleducados, no dejan a sus mayores sentarse en el bus, escupen al suelo, fuman cigarrillos de liar y tiran las colillas al perro del vecino al pasar por su lado. ¡Oh! ¡Y son unos incultos de cuidado! Nada más que hay que ver cómo escriben –véase el título sobre estas líneas–, tanto emoticono les está fundiendo el cerebro.

Nunca he sido un revolucionario, de verdad que no. No me ha interesado pelearme con el status quo, liberar los pezones de nadie, o indignarme ante nada. No porque no crea que hay batallas que merecen la pena y deben ser luchadas, pero hasta ahora había estado siempre detrás de la barrera, observando cómo otros peleaban con la bestia.

Cuando tenía quince años me puse a leer y a componer canciones ñoñas a mi novia de aquél entonces; tan solo quería aprender y liberar parte de la carga hormonal a la que todos nos vemos sometidos cuando somos jóvenes, felices e indocumentados. Para cuando acabé el colegio me di cuenta de que tendría que dejar Cádiz e ir a estudiar a Madrid; resulta que en la UCA no dan clases de arquitectura últimamente. En Madrid lo pasé bien, lo pasé mal, y aprendí un poquito. Luego me fui a Berlín porque en nuestro país nadie te quiere si has nacido hace menos de medio siglo, y me dio por lo que una buena amiga define como «hacer dibujitos».

Efectivamente, soy diseñador, o estoy en proceso de serlo mejor dicho. Soy un «niño de hoy en día», uno de esos que no hacen nada y se pasan la vida viendo Netflix, ¿no? Lo único que he tenido que hacer en mi vida ha sido huir a 2,729 kilómetros de la ciudad que me vio nacer. Leí el otro día que el Hospital Puerta del Mar sacaba a concurso el cartel y logo de su cuadragésimo aniversario. ¡Hurra! ¡Igual aquí podemos aportar nuestra creatividad! ¡Hagamos algo bello en honor a nuestra ciudad! Comprenderéis mi decepción al ver que el premio consiste en –y cito textualmente– «la difusión de la obra del artista en diferentes medios, junto a un Certificado del galardón obtenido, y un reconocimiento en forma de distinción honorífica del propio centro».

En mi pueblo, que resulta ser el vuestro también, a eso se le llama una palmadita en la espalda. Aunque me expatriase y dejase atrás mi ciudad natal hace ya tiempo, mi parte soñadora me decía que igual algún día volvería a casa. Quizás en diez o quince años montaría algo con un par de amigos, tendría una hija a la que llamaría Eva, e igual incluso ayudaría un poco a mejorar nuestra ciudad. Probablemente no en el mundo de la política –recordad, eso no me interesa demasiado– pero seguro que algo podríamos aportar. Un buen diseño, una buena campaña, un buen proyecto, quién sabe.

No me quejé cuando me fui de Cádiz, tampoco refunfuñé al dejar nuestro país y, desde luego, no voy a empezar a quejarme ahora, pero creo que va siendo hora de saltar dentro del ring y luchar de una vez. Hasta aquí hemos llegado. Niños del ayer, ¿qué demonios pretendéis que hagamos? ¿Seguiros la corriente? ¿Trabajar gratis con la esperanza de, algún día, encontrar algo de reconocimiento y compensación por las horas de duro trabajo? Es sencillamente ridículo pensar que una de las mayores instituciones de nuestra ciudad, en su 40 aniversario, en lugar de premiar el talento y esfuerzo haya optado por despreciar y denigrar a todos los que queremos hacer de ésta nuestra profesión. Si de verdad queréis celebrar.

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